La Web Cristiana ::: Estudios Bíblicos - Las Riquezas de su Gracia ::: iglesia.net
iglesia.net FLECHA Estudios Bíblicos FLECHA Fé - Evangelismo FLECHA Las Riquezas de su Gracia
ImprimirVersión PDFPublicar esta entrada en MenéamePublicar esta entrada en FacebookPublicar esta entrada en del.icio.us
Las Riquezas de su Gracia

Todos admiramos al apóstol Pablo como un siervo muy bien dotado, tanto natural como espiritualmente; sin embargo, él atribuye toda la gloria de su servicio a la gracia de Dios, al afirmar: “Por la gracia de Dios soy lo que soy.” Asimismo, cuantos hereden el reino y las glorias prometidas para ellos, reconocerán en aquel día que sólo la gracia de Dios les condujo allí.

En este libro, el autor nos toma de la mano y con conduce por la Escritura, para que contemplemos, desde sus primeras manifestaciones –cual destellos o balbuceos– hasta su expresión más plena las abundante riquezas de la gracia de Dios en Cristo Jesús.
Quiera el Señor utilizar esta palabra para traer un oportuno socorro a todos los creyentes que han caído en el desaliento, como también a aquellos que vagan hambrientos cual ovejas sin pastor.

“Y juntamente con él nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús, para mostrar en los siglos venideros las abundantes riquezas de su gracia en su bondad para con nosotros en Cristo Jesús.” (Ef. 2:6-7).

1ª EDICIÓN Temuco (Chile), Noviembre de 1999. ISBN: 956-288-433-3. Las citas bíblicas corresponden a la versión Reina-Valera 1960. También se utiliza la Versión Moderna de H.B. Pratt (VM), y la Biblia de Jerusalén (BJ).

PRESENTACIÓN

El corazón rebosa de gratitud y alabanza al Dios de toda gracia, por nuestro bendito Señor y Salvador Jesucristo, quien vino lleno de gracia y de verdad. Tanto nos amó, que no le importó nuestra condición miserable, de extrema insolvencia, destituidos de la gloria, y más aún, muertos en delitos y pecados.

A pesar de todo, nos llamó, nos salvó, nos dio vida, nos hizo aptos, nos dio herencia; en fin, no sólo quitó nuestra culpa, sino que nos capacitó, dándonos todos los recursos para que lleguemos a ser vencedores, y compartamos su gloria para siempre. Esta es la gracia. Todos cuantos participen del gozo de su Señor, los que hereden el reino y las glorias eternas prometidas para los santos, reconocerán que la gracia de Dios en Cristo Jesús les pudo conducir allí. ¡Gloria a Dios para siempre!

El autor nos toma de la mano y nos pasea por la Escritura. Paso a paso veremos las primeras manifestaciones de la gracia, cual destellos o balbuceos, hasta arribar a las abundantes riquezas de la gracia de Dios en Cristo Jesús. Ciertamente, Él es la mayor expresión de la gracia, tanto en su gloriosa persona como en su magnífica obra.

Conoceremos que la gracia excede a la misericordia. Ésta cumple con perdonar y levantar al fracasado; aquélla va mucho más allá, capacitándole para vencer.

El lector saltará de alegría y se emocionará de gozo cuando vea (¡que el mismo Espíritu Santo le ilumine!) “lo que somos”, no como una aspiración, mas como una bendita realidad, y “lo que tenemos” por gracia. A ratos nos parece que los detalles y los ejemplos son excesivos, pero esto mismo nos habla de la abundancia de las riquezas de la gracia.

El mensaje del presente libro nos ayudará, además, a discernir los frutos de aquellos que profesan fe en el Señor Jesucristo. Los que conocen la gracia de Dios son fácilmente reconocibles, tanto en su palabra como en su obra. De igual modo, quienes la ignoran, tarde o temprano, mostrarán su triste irrealidad. ¡Cuántos hombres, al parecer tan sinceros en sus palabras, nos han defraudado tanto con sus hechos! La bendita gracia de nuestro Dios ha hecho abundante provisión para volver al extraviado al camino correcto que agrada al Señor.

Todos admiramos al apóstol Pablo como un siervo muy bien dotado, tanto natural como espiritualmente; sin embargo, él atribuye toda la gloria de su servicio a la gracia de Dios, cuando declara: “No osaría hablar sino de lo que Cristo ha hecho por medio de mí ... con la palabra y con las obras.” (Rom. 15:18); y más aún, en 1ª Corintios 15:10, donde declara enfáticamente: “Por la gracia de Dios soy lo que soy; y su gracia no ha sido en vano para conmigo, antes he trabajado más que todos ellos; pero no yo, sino la gracia de Dios conmigo.”

El último capítulo es un digno final para un tema tan exquisito. Haremos bien en acoger plenamente tan solemnes advertencias.

Este libro es una muestra de la comida espiritual que estamos disfrutando, por la bondad de Dios, en esta parte del mundo. Reconocemos que la gracia y la misericordia del Señor han sido abundantes para nosotros que estamos conociendo la gracia de Dios en verdad, y encontrando en el Señor Jesucristo nuestra plena satisfacción.

Quiera el Señor utilizar esta palabra para traer un poderoso socorro a todos los creyentes que han caído en el desaliento y la frustración. El Señor tenga misericordia de los que vagan hambrientos como ovejas sin pastor.

Estos mensajes fueron compartidos en enero de 1999, durante un Campamento-Retiro, en un lugar llamado Ruka-Cura, a unos 100 kms. al suroeste de Temuco, 9ª Región de Chile. Aquellos fueron días preciosos en la presencia del Señor, y los pastos ... ¡deleitosos!

¡Jesucristo es el Señor!

Gonzalo Sepúlveda H.

Temuco (Chile), noviembre de 1999

ÍNDICE

1ª Parte: “El Dios de gracia”

1. ¿Qué es la gracia?

2. El Dios de toda gracia

2ª Parte: “Los balbuceos de la gracia”

1. La grandeza del Dios de gracia

2. La flaqueza del hombre en su desgracia

3ª Parte: “Los destellos de la gracia”

1. La gracia de Dios antes de la Ley

2. La misericordia de Dios durante la Ley

3. La misericordia de Dios bajo los reyes

4ª Parte: “La abundancia de la gracia”

1. La Gracia viviente

2. La Gracia explicada

3. Lo que somos y tenemos por gracia

4. La operación de la gracia en los creyentes

5. Viviendo la gracia

5ª Parte: “Advertencias acerca de la gracia”

1ª Parte

EL DIOS DE GRACIA

Uno

¿QUÉ ES LA GRACIA?

La palabra gracia es una de las más hermosas de toda la Biblia.

Gracia expresa un rasgo inefable de nuestro bendito Dios que se manifiesta en sus tratos con el hombre, y según el cual Él ama al hombre caído, le perdona y le levanta; le transforma, y pone en él su propia vida, capacitándole para colaborar con su propósito eterno y compartir su gloria.

La gracia de Dios ha echado a andar, apenas caído el hombre en el Edén, su plan en relación con él para así recuperarlo y usarlo en sus eternos propósitos.

El poder de Dios fue expresado nítidamente en la creación; pero su gracia ha encontrado ocasión para manifestarse en la caída del hombre. Como la caída del hombre afectó a toda la creación, entonces su gracia ha alcanzado también a toda la creación. Desde la tierra (centro del problema) se ha irradiado el poder de la redención –efectuada por la preciosa sangre de Jesús– y ha favorecido a todas las cosas, reconciliándolas con Dios.

La gracia y la misericordia

Aparte de la palabra “gracia”, existen otras que suelen utilizarse para expresar de alguna forma la gracia de Dios, aunque no son exactamente lo mismo. Está principalmente, la misericordia, y también el favor, la clemencia, y la bondad.

Tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento tenemos la gracia y la misericordia. Sin embargo, en el Antiguo tenemos más misericordia que gracia; en tanto, en el Nuevo, tenemos más gracia que misericordia.

La misericordia es la compasión hacia alguien en su desdicha, en su necesidad e impotencia. La misericordia mueve la mano de Dios para socorrer esa necesidad específica. Cuando los hijos de Israel gemían en Egipto a causa de la servidumbre, y clamaron, Dios oyó su gemido y se acordó de ellos (Ex. 2:23-25). En Jueces 2:18 dice que Jehová Dios levantaba jueces de tiempo en tiempo a los israelitas, por los gemidos a causa de quienes los afligían. Dios se duele del dolor y la aflicción de su pueblo y acude en su ayuda.

La gracia, en cambio, es el favor inmerecido concedido por Dios al hombre, que va más allá que la misericordia, porque le habilita para que pueda salir de su condenación y vivir conforme a las demandas de Dios.

La misericordia no capacita al hombre para vivir una vida santa; en cambio, la gracia sí provee del poder para hacerlo. La misericordia socorre al desdichado, pero luego éste queda a expensas de sus propias fuerzas; la gracia, en cambio, extiende su mano, levanta y sostiene al hombre en un nivel de vida que agrada a Dios.

Por eso es la gracia y no la misericordia la que fue hecha por medio de Jesucristo. La gracia se ve brillar sólo en algunos momentos de la antigüedad, como en el pacto de Dios con Abraham (Gén. 15:5-21), y con David (2 S. 7:14-16); pero en todo el período de la ley Dios no puede manifestar su gracia (excepto a un “pequeño remanente”, Rom. 11:2-6), porque la ley no es de fe, sino de obras.

Incluso la misericordia, en los días del Antiguo Pacto, aparece condicionada. En Éxodo 20:6, por ejemplo, lo está a quienes guardan los mandamientos y aman a Dios; a los que obedecen la ley (Dt.7:12; 30:3; 1 R.8:23); a los misericordiosos (2 S.22:26). Y cada vez que se habla de una misericordia no condicionada, se refiere al Israel futuro, no al presente (como en Miqueas 7:18-20).

Tanto la gracia como la misericordia se aplican en especial a la relación de Dios y su pueblo, pero también a la relación del hombre con su prójimo, cuando uno de ellos está en una situación de solvencia y otro en situación de necesidad.

Así, por ejemplo, en el caso de la gracia, se dice que José halló gracia en los ojos de su amo Potifar (Gn. 39:4); Rut, en Booz (Rt. 2:10); Ester, en Asuero (Est. 2:17); Daniel, en el jefe de los eunucos (Dn. 1:9); y Nehemías, en Artajerjes (Nh. 2:5,8).

Respecto de la misericordia, se dice que José, estando en la cárcel, pide al jefe de los coperos que use de misericordia para con él (Gn. 40:14), que Rahab pide misericordia a los espías para la casa de su padre (Jos. 2:12); y que David pide misericordia de Saúl (1 S. 20:8), etc.

En los tratos del hombre con su prójimo, la gracia de Dios se transforma, ya sea en amor, ya sea en misericordia. Porque la gracia tiene una sola dirección, de arriba hacia abajo, de Dios hacia los hombres. En cambio, el amor puede ser –además de vertical, de Dios a los hombres y de los hombres hacia Dios– horizontal, en las relaciones del hombre con su prójimo. Así que, los que conocen la gracia de Dios tienen amor, y también misericordia.

Dios demanda la misericordia. La misericordia se extiende desde aquel que ha recibido misericordia hacia aquel que aún no la ha recibido. Oseas, el profeta, dice: “Porque misericordia quiero, y no sacrificio, y conocimiento de Dios más que holocaustos” (6:6). El Señor Jesús toma esta palabra en más de una oportunidad para aplicarla a los fariseos que se escandalizaban porque el Señor comía con publicanos y pecadores (Mt. 9:13), y que condenaban a los discípulos porque cogían espigas en día de reposo (Mt. 12:7). El Señor nos enseñó a perdonar misericordiosamente a quienes nos ofenden (Mt. 18:33,35), y a usar de misericordia, además de diezmar –como hacían, exclusivamente, los escribas y fariseos (Mt. 23:23)–. Pablo y los demás apóstoles también lo enseñaron (Rom. 12:8; Col. 3:12).

De modo que en la Biblia tenemos la misericordia, pero sobre todo tenemos la gracia, que expresa aún mejor el maravilloso carácter de Dios, manifestado en el Señor Jesucristo. Que el Señor nos ayude a conocerla mejor, y a vivirla.

Dos

EL DIOS DE TODA GRACIA

¿Qué clase de persona es Dios? Lo primero que la gracia nos permite es conocer a Dios como el Dios de toda gracia (1ª Ped. 5:10). Dios se revela a sí mismo en su gracia, por medio de Jesucristo. En Cristo, Dios nos reveló completamente su forma de ser (hasta donde nos es posible a nosotros percibirla, dadas nuestras limitaciones). El Señor Jesús dijo: “El que me ha visto a mí ha visto al Padre” (Jn. 14:9), y también: “... el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer” (Jn. 1:18), y: “la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo” (Jn. 1:17). De manera que ahora, por medio de Jesucristo, conocemos al Dios de gracia.

La gracia se refiere, entonces, al carácter inherente de Dios. Porque Dios, por causa de su grandeza y de su plenitud, no necesita de nadie ni de nada; Él se complace, en cambio, en dar. Cuando nosotros damos algo, estamos expresando el carácter de Dios; cuando recibimos algo, estamos demostrando el carácter y la forma de ser normal de un hombre. Porque Dios da y el hombre recibe. Por eso el Señor dijo: “Más bienaventurado es dar que recibir” (Hch. 20:35). La gracia muestra, entonces, lo que Dios es (en su grandeza), y no lo que nosotros somos (en nuestra pequeñez).

Para conocer qué clase de persona es Dios tenemos que partir estableciendo que Dios es más alto que los hombres. Nadie ha alcanzado jamás el trono de su grandeza. Todos los esfuerzos de los hombres por conseguirlo han acabado como la torre de Babel. El mismo Lucifer terminó en el infierno. Si Dios no se nos da a conocer, es imposible para nosotros conocerlo. Por tanto, conocer a Dios es la honra más alta para el hombre. (Jer. 9:23-24). Entenderlo y conocerlo es nuestro privilegio, nuestra riqueza y nuestra honra. Somos más bienaventurados que el sabio, que el valiente y que el rico, porque conocemos a Dios, y conocemos (aunque sea parcialmente) algunos de sus caminos, y sus propósitos.

El cántico compuesto por David para alabar al Señor ante el arca decía: “Porque él es bueno y para siempre es su misericordia” (1 Cr. 16:34). Eso lo cantaron también en tiempos de Salomón (2 Cr. 5:13;7:3), en tiempos de Zorobabel (Esd. 3:11), y se canta hasta el día de hoy (Lam. 3:22,32). La bondad y la misericordia de Dios fueron, aun en tiempos de la ley, sus rasgos distintivos. ¿No conocemos acaso a nuestro Dios como Dios de misericordia? ¿No hemos gustado también nosotros la benignidad del Señor? (1ª Ped. 2:3).

Por medio de Isaías dice: “Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos, dijo Jehová. Como son más altos los cielos que la tierra, así son mis caminos más altos que vuestros caminos, y mis pensamientos más que vuestros pensamientos” (55:8-9). ¿Cómo son los pensamientos y los caminos de Dios? No son iguales a los nuestros. Más altos que los cielos sobre la tierra, así son sus caminos más altos que los nuestros y sus pensamientos más que los nuestros. Los pensamientos y los caminos de Dios son inalcanzables para el hombre.

Así también ocurre con su corazón. El hombre tiene un corazón estrecho, mas Dios tiene un corazón amplio. La medida de su corazón es mucho más grande que la nuestra, y Él actúa según su corazón, sus pensamientos y sus caminos.

El salmista Asaf, en un momento de aflicción, ruega a Dios, diciendo: “No recuerdes contra nosotros las iniquidades de nuestros antepasados; vengan pronto tus misericordias a encontrarnos, porque estamos muy abatidos. Ayúdanos, oh Dios de nuestra salvación, por la gloria de tu nombre; y líbranos, y perdona nuestros pecados por amor de tu nombre” (Sal. 79:8-9). En otro lugar, el Espíritu Santo inspira a David para responder a Asaf: “Misericordioso y clemente es Jehová; lento para la ira, y grande en misericordia ... No ha hecho con nosotros conforme a nuestras iniquidades, ni nos ha pagado conforme a nuestros pecados. Porque como la altura de los cielos sobre la tierra, engrandeció su misericordia sobre los que le temen ...” (Sal. 103:8,10-11). Por la benignidad de nuestro Dios, la petición de Asaf tiene una feliz respuesta. Su aflicción era también la nuestra, pero ya hemos sido socorridos.

Nuestro Dios es el Dios que hace salir su sol sobre malos y buenos y que hace llover sobre justos e injustos. El Dios nuestro da el pan al ateo, al apóstata, al vil y al despreciable, escucha sus denuestos, y aún le ama. La gracia de Dios es insondable.

Nosotros actuamos, nos movemos y juzgamos según la pequeñez de nuestro corazón; pero Dios actúa, se mueve, y juzga según su gracia.

El corazón de Dios y el corazón del hombre

Las parábolas usadas por el Señor Jesús tenían el propósito de declarar cosas escondidas desde la fundación del mundo (Mt.13:35). Y de esas cosas, una de las más gloriosas era dar a conocer el corazón, los pensamientos y los caminos de Dios. Antes que el Señor revelara a Dios mediante su preciosa Persona y sus enseñanzas, los hombres no conocían a Dios, y tenían una concepción equivocada de su persona. El carácter de Dios estaba escondido desde la fundación del mundo, pero ahora es revelado en toda su maravillosa gracia.

La grandeza del corazón de Dios y la pequeñez de nuestro propio corazón se muestran claramente en tres parábolas.

En la parábola de los dos deudores (Mt. 18:23-34), un rey quiso hacer cuentas con sus siervos. Uno de ellos le debía diez mil talentos, y como no pudo pagar, su señor ordenó venderle a él y su familia. Pero este siervo, postrado, le suplicaba, diciendo: “Señor, ten paciencia conmigo, y yo te lo pagaré todo.” El rey, movido a misericordia, le soltó y le perdonó los 10.000 talentos. Un talento valía 6.000 dracmas, y una dracma era lo que ganaba un jornalero al día. De manera que 10.000 talentos era el equivalente a 60 millones de días de trabajo de un jornalero. Esto es aproximadamente unos 34 millones de dólares. Una cantidad impagable. Pero el rey le perdonó todo.

En su presunción, el siervo pretendía pagarle, pero el rey sabía que no podría, de modo que le perdonó. El siervo pide como piden los hombres, es decir, solicitando plazo para pagar. En cambio, el rey contesta como contesta Dios, es decir, perdonando. Dios no envió a su Hijo al mundo a cobrar deudas, sino que lo envió a perdonar, para que por medio de su sangre fuéramos limpios de todo pecado. Él conocía nuestra pobreza, así que, sin más, nos perdonó. El perdón de esta deuda no fue un acto realizado por decreto (que hubiera sido fácil), sino por medio de la muerte de su propio Hijo.

Tal como este siervo, tal vez estemos tentados a pensar que nosotros pudimos haber pagado nuestra deuda, o que habiendo recibido de Dios un perdón en nuestra insolvencia, ahora que somos solventes podemos pagar en forma retroactiva. Pero esto también es presunción.

El corazón del hombre, por su parte, queda muy bien reflejado en este mismo siervo, ya perdonado, cuando se encuentra con un consiervo que le debía cien denarios (es decir, cien dracmas). Cien dracmas no son nada comparadas con 60 millones de dracmas; sin embargo, este siervo, cogiendo a su consiervo por el cuello, le exigía el pago de esa deuda. El consiervo le pedía tiempo para pagarle todo, pero el siervo no quiso y le echó en la cárcel. Así es el corazón del hombre. Se olvida fácilmente cuánto le fue perdonado, y se llena de juicio contra el prójimo. El corazón del hombre es inmisericorde y olvida cuánto Dios le perdonó.

Otro ejemplo lo tenemos en la parábola del hijo pródigo (Lc. 15:11-32). El padre de la parábola nos muestra cómo es el amante corazón de Dios, que perdona sin condiciones, que cubre la desnudez de su hijo necio, y más encima hace fiesta para recibirle. Al Padre no le importó escuchar las explicaciones de su hijo –que quedaron incompletas– porque su corazón se conmovió y se inflamó toda su compasión. Lo que el hijo pródigo recibió fueron dones, no reprimendas. Y luego, se hizo fiesta en su honor. ¡Cuántas veces nosotros nos hemos extraviado de la sincera fidelidad a Cristo, y el Señor nos ha recogido con amor, sin reproches, para agraciarnos de nuevo, y cubrir nuestra desnudez!

El hijo mayor, en cambio, muestra el corazón del hombre, lleno de justicia propia y severidad, que no se alegra con el perdón concedido al hermano, sino que se duele por lo que él considera una injusticia cometida en su daño, y un derroche inmerecido. Aunque todas las cosas de su padre eran suyas, en su mezquindad, no les aprovechaban, ni tampoco quería que les aprovecharan a nadie. Sin embargo, aun con éste, el Padre muestra su benevolencia, e intenta convencerlo con mansedumbre.

Aún otro ejemplo del corazón bondadoso de Dios lo tenemos en la parábola de los obreros de la viña (Mt. 20:1-16).

Un padre de familia, que salió por la mañana a contratar obreros para su viña, conviene con los obreros en un denario al día. Todos están conformes y deciden trabajar por ese dinero. Pero más tarde, al comenzar a pagarles lo mismo a los que fueron contratados después, se despierta la estrechez del corazón de ellos. Los tempraneros no sufrían menoscabo en ello, porque se les pagaba lo estipulado en el acuerdo, pero aun así ellos querían que el padre de familia estableciera un criterio de justicia basado en el corazón de ellos para pagarles a los últimos; en cambio, Dios les pagó sobre la base de su propia generosidad.

El Señor hace lo que quiere con lo que posee, y si se agrada en dar gratuitamente, no conforme a los méritos del que recibe, sino conforme a su gracia, ¿quién podrá acusarle? La justicia de Dios tiene una cuota de “injusticia” (según el criterio humano), sí, pero esta “injusticia” es tal, que no va nunca en desmedro del hombre, sino en su favor. Su balanza siempre se inclina a favor de nosotros.

El hombre actúa sobre la base de la ley del talión, ojo por ojo y diente por diente; o bien exigiendo mucho y dando poco. El hombre siempre espera ser objeto de misericordia, pero trata a los demás sin misericordia. El corazón del hombre es un corazón de ley, mas el corazón de Dios es un corazón de gracia.

Así pues, lo primero que la gracia de Dios nos permite conocer es el carácter precioso del Dios de toda gracia, su corazón (cómo siente), sus pensamientos (cómo piensa) y sus caminos (cómo actúa).

2ª Parte

LOS BALBUCEOS DE LA GRACIA (EL PODER Y LA GRACIA DE DIOS EN LA CREACIÓN)

Uno

LA GRANDEZA DEL DIOS DE GRACIA

“En Dios hay una majestad terrible”

(Job 37:22 b)

Dios tiene todo el derecho de mostrarse fuerte y temible, porque es todopoderoso. Él desplegó su poder en la creación y lo sigue desplegando en el cuidado de todas las cosas. Pero Él se complace más bien en la misericordia, en otorgar sus favores y en amar, que en mostrar su poder.

La grandeza del poder y de la majestad de Dios no tienen límites. A nosotros nos hace bien recordar que Dios está en el cielo y que nosotros estamos sobre la tierra, para que sean pocas nuestras palabras, y para que ellas tengan sabiduría (Ecl.5:2; Job 38:2). Y nos hace bien, para apreciar mejor la gracia y la misericordia de Dios, saber en qué consiste la grandeza de su poder. Entonces valoraremos que Él se incline a mirar sobre la tierra y que encuentre contentamiento en los hijos de los hombres.

Dios es grande; ¿quién puede seguir la huella de sus años? Con Dios está la sabiduría y el poder, suyo es el consejo y la inteligencia. ¿Quién le dio a él primero, para que le sea restituido? ¿A quién le pidió consejo para hacer todas las cosas? ¿Quién estuvo en su secreto o quién le enseñó sabiduría? Su perfección es más alta que los cielos, es más profunda que el más profundo abismo, es más extensa que la tierra y más ancha que el mar.

En el principio Dios dijo, y con sólo su decir fundó la tierra, y también los cielos, de modo que lo que se ve fue hecho de lo que no se veía. ¿Cómo habrá tronado su voz majestuosa, como estruendo de muchas aguas? Si el sonido de la tormenta, el rugir del trueno y el estrépito de las cascadas nos sobrecogen, ¿cuánto más habrá sido su voz magnífica en aquellos días de la creación?

La tierra cuelga en el vacío. ¿Qué hombre estaba ahí en ese instante sublime para que le dijese cómo debía fundarla, cómo ordenar sus medidas y cómo establecer su piedra angular? Isaías dice –metafóricamente– que Dios midió las aguas con el hueco de su mano y los cielos con su palmo, que con tres dedos juntó el polvo de la tierra, y pesó los montes y collados con balanza. El hombre no estaba ahí, pero Dios lo hizo todo; y los seres creados se regocijaron el día aquél.

Entonces, separó la luz de las tinieblas, y las tinieblas huyeron delante de la luz. “¿Por dónde va el camino de la habitación de la luz, y dónde está el lugar de las tinieblas?”, le dice Dios a Job en una pregunta que queda sin respuesta (38:19).

Luego, las aguas fueron divididas, para que apareciera la expansión del cielo. ¡Qué grandes y altos son los cielos! Sin embargo, ellos dejarán de ser, serán mudados como un vestido viejo. Pero el Señor es siempre el mismo, sus años no acabarán. Cuando Él habla, tiemblan las columnas del cielo, y a su reprensión se espantan.

En los cielos, miríadas de estrellas que Él llama por su nombre, y que Él mismo adornó. Ahí están las Pléyades, el Orión y la Osa Mayor con sus hijos. ¡De verdad, los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia –sin voz y sin palabras– la obra de sus manos! ¿Cuáles son –si podemos saberlo– las ordenanzas que Él estableció sobre los cielos para el movimiento de los astros?

Luego separó Dios lo seco de las aguas que estaban bajo la expansión. Las aguas, de las cuales proviene y por las cuales subsiste la tierra, y lo seco. Pero, ¿dónde están las fuentes de las aguas? ¿Cómo hizo para encerrar con puertas el mar, para que no se derramara saliéndose de su seno? ¿Cómo hizo después para romper todas las fuentes del grande abismo, y abrir las cataratas de los cielos, cuando llovió cuarenta días y cuarenta noches en tiempos de Noé? ¿Y para luego volver a ponerle freno a las acrecentadas olas del mar?

Hizo la hierba verde, y el árbol de fruto con su semilla, para el mantenimiento de todo ser viviente. ¿No prepara y envía Él la lluvia para la tierra, y hace que los montes produzcan hierba? Así hace producir el heno para las bestias, y el grano para el sustento de las aves de los cielos. Luego, el trigo que sustenta la vida del hombre, y la vid, cuyo fruto alegra su corazón. Pero, ¿no hace llover él también sobre la tierra deshabitada, y sobre el desierto, donde no hay hombre, sólo para saciar la tierra desierta e inculta, y para hacer brotar la hierba verde y mostrar así su gracia en la soledad?

Entonces irrumpió el sol (“como esposo que sale de su tálamo”), y también la luna, para que señoreasen en el día y en la noche. Ambos obedecieron presurosos a la voz de su precepto, y detuvieron su curso en Gabaón y en Ajalón.

Las aguas se llenaron de seres que juguetearon. En los ríos, lagos y, sobre todo, en el grande y anchuroso mar, se mueven seres innumerables, pequeños y grandes. El alga microscópica y el gran pez que salvó al profeta; y, sobre todo, el terrible leviatán, rey sobre los soberbios, de cuya nariz sale humo, y de cuya boca salen lenguas de fuego.

Y también las aves de los cielos: el águila que pone en alto su nido, y el gavilán que extiende hacia el sur sus alas; la gaviota, el buitre, la lechuza; la golondrina, el gorrión y el cuervo. “¿Quién prepara –pregunta Dios a Job– al cuervo su alimento, cuando sus polluelos claman a Dios y andan errantes por falta de comida?” Los grandes y los pequeños son objeto de su atención: ¿No se venden –dijo el Señor– dos pajarillos por un cuarto, y cinco pajarillos por dos cuartos? ¿No va el quinto de regalo? Con todo, ni aún ese pajarillo está olvidado delante de Dios (Mt. 10:29; Lc. 12:6).

Cada día, Dios atiende, para darles su alimento, la voz de los leoncillos, cuando rugen tras la presa, y la de las cabras monteses cuando van a parir. Él conoce el tiempo cuando han de parir las ciervas, y cuántos son los meses de su preñez. Él hizo libre al asno montés que se burla de la multitud de la ciudad, y no oye las voces del arriero. Él hizo al búfalo indómito para que no aceptara la coyunda y el surco. El dio hermosas alas al pavo real, y plumas al avestruz. Dio al caballo la fuerza y vistió su cuello de crines ondulantes. “Todos ellos esperan en ti –dice el salmista–, para que les des su comida a su tiempo. Les das, recogen; abres tu mano, se sacian de bien. Escondes tu rostro, se turban; les quitas el hálito, dejan de ser, y vuelven al polvo. Envías tu Espíritu, son creados, y renuevas la faz de la tierra” (Salmo 104:27-30).

Sin embargo toda esta grandeza, esta magnificencia y este poder son sólo una pequeña muestra de lo que Dios es con su creación –porque Dios nunca se ha quedado sin testimonio–. ¿No reina Dios sobre su creación? Sí, pero “he aquí, estas cosas son sólo los bordes de sus caminos; ¡y cuán leve (aún) es el susurro que hemos oído de él!” (Job 26:14).

La gracia de Dios con la creación

Por la rebelión de Satanás y por la caída del hombre, el propósito de Dios sufrió una interferencia. El pecado contaminó toda la rueda de la creación, por lo cual “toda la creación gime a una, y a una está con dolores de parto hasta ahora” (Rom. 8:22). Esta esclavitud, sin embargo, es momentánea: “Porque también la creación misma será libertada de la esclavitud de corrupción, a la libertad gloriosa de los hijos de Dios” (Rom. 8:21), por cuanto fue reconciliada con Dios por la sangre de Cristo: “Por cuanto agradó al Padre que en él habitase toda plenitud, y por medio de él reconciliar consigo todas las cosas, así las que están en la tierra como las que están en los cielos, haciendo la paz mediante la sangre de su cruz” (Col. 1:19-20). La obra expiatoria de Cristo no sólo abarcó a los hombres, sino a todas las cosas, es decir, a todo: “Pero vemos a Jesús ... coronado de gloria y de honra, a causa del padecimiento de la muerte, para que por la gracia de Dios gustase la muerte por todos” (o, “por todo”; Heb. 2:9, traducción literal).

El propósito de Dios es “reunir todas las cosas en Cristo, en la dispensación del cumplimiento de los tiempos, así las que están en los cielos, como las que están en la tierra” (Ef. 1:10). Tal propósito se consumará, sin duda alguna; por eso, en la adoración celestial de Apocalipsis 4 y 5 encontramos a la creación completa reunida en torno al Padre y al Hijo, sumándose a la adoración de los cuatro seres vivientes, de los veinticuatro ancianos y de los ángeles: “Y a todo lo creado que está en el cielo, y sobre la tierra, y debajo de la tierra, y en el mar, y a todas las cosas que en ellos hay, oí decir: Al que está sentado en el trono, y al Cordero, sea la alabanza, la honra, la gloria, y el poder, por los siglos de los siglos” (Ap. 5:13). ¡La salvación de Dios es completa y se consumará en todos y en todo! ¡Aleluya!

De modo que la creación sólo muestra el poder de Dios, pero la redención muestra lo que nunca pudo mostrar la mera creación: la gracia de Dios derramada abundantemente en Cristo Jesús, Señor nuestro. Y cuando se ha experimentado la gracia de Dios, hay alabanza para Él.

Dos

LA FLAQUEZA DEL HOMBRE EN SU DESGRACIA

“¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria?”

En el día de la prueba, Job discurre de esta manera acerca del hombre: “El hombre nacido de mujer, corto de días, y hastiado de sinsabores, sale como una flor y es cortado, y huye como la sombra y no permanece ...” Luego, lo compara con el árbol, y ve, aun en esa comparación, sólo desventajas: “Porque si el árbol fuere cortado, aún queda de él esperanza; retoñará aún, y sus renuevos no faltarán ... Mas el hombre no morirá, y será cortado; perecerá el hombre, ¿y dónde estará él? Como las aguas se van al mar, y el río se agota y se seca, así el hombre yace y no vuelve a levantarse” (Job 14:1-10).

David, en un tono menos amargo, dice: “He aquí, mi edad es como nada delante de ti; ciertamente es completa vanidad el hombre que vive. Ciertamente como una sombra es el hombre; ciertamente en vano se afana ...” (Sal. 39:5-6). Y en otro lugar dice: “Por cierto vanidad son los hijos de los hombres, mentira los hijos de varón; pesándolos a todos igualmente en la balanza, serán menos que nada” (Sal. 62:9). Y agrega: “El hombre es semejante a la vanidad; sus días son como la sombra que pasa” (Sal. 144:4). Jeremías, en tanto, dice: “Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?” (17:9), y: “Maldito el varón que confía en el hombre, y pone carne por su brazo, y su corazón se aparta de Jehová” (17:5).

Santiago, por su parte, discurre así acerca de la vida: “Porque ¿qué es vuestra vida? Ciertamente es neblina que se aparece por un poco de tiempo, y luego se desvanece” (4:14). Isaías clama tocante a esto mismo: “¿Qué tengo que decir a voces? Que toda carne es hierba, y toda su gloria como flor del campo. La hierba se seca, y la flor se marchita ...” (Is. 40:6-7).

Sin embargo, el hombre, siendo tan frágil y tan vil, recibe la atención de Dios: “¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria, y el hijo del hombre, para que lo visites?” –se pregunta David (Sal. 8:4). Y Job mismo dice: “¿Qué es el hombre, para que lo engrandezcas, y para que pongas sobre él tu corazón, y lo visites todas las mañanas...?” (Job 7:17-18).

Pero es el Señor mismo quien más nos sorprende, cuando dice en Proverbios 8:31: “Me regocijo en la parte habitable de su tierra; y mis delicias son con los hijos de los hombres.” ¿Cómo así? –nos preguntamos.

Hebreos nos ayuda a entenderlo. Hebreos dice que el Señor Jesús tiene muchísima mayor gloria que los ángeles (Heb. 1:4), pero que, por causa del hombre, y para salvarlo, se hizo hombre, es decir, “un poco menor que los ángeles”. Bajó de su alto sitial de gloria para hacerse igual a nosotros. La pequeñez del hombre no fue obstáculo; antes bien, junto con ello, dice la Escritura que “no sujetó a los ángeles el mundo venidero” (2:5). Y añade: “Porque ciertamente no socorrió a los ángeles, sino que socorrió a la descendencia de Abraham” (2:16), es decir, a los hombres de fe.

Luego, una vez consumada su obra, dice: “En medio de la iglesia cantaré tu alabanza” (VM), y “He aquí, yo y los hijos que Dios me dio” (Heb. 2:12b,13). Es decir, Jesús, como hombre, en medio de sus hermanos, alabando al Padre. ¡Oh, don maravilloso!

De manera que, sin negar la fragilidad del hombre, vemos que Dios le ha hecho la criatura más bienaventurada, porque – para asombro de los ángeles y de todos los seres creados– el Hijo de Dios vino a la tierra y se anonadó a sí mismo tomando forma de hombre. Relegó su gloria inmarcesible en lo profundo de su cuerpo de carne y fijó su tabernáculo entre nosotros (Fil. 2:6-8; Jn. 1:14). Luego, al consumar la redención, subió a los cielos como Hijo del Hombre.

Los mismos ángeles, siendo “llamas de fuego”, “poderosos en fortaleza”, han venido a ocupar una posición de servicio, porque son “espíritus ministradores, enviados para servicio a favor de los que serán herederos de la salvación” (Heb. 1:14). Ellos –los ángeles– “anhelan mirar” en las cosas que a nosotros nos son reveladas por el Espíritu Santo (1ª Ped. 1:12b). ¡Aleluya al Dios nuestro, que miró nuestra bajeza, se acordó de que somos polvo, y puso eternidad en nosotros!

Los tratos sobre la base de la gracia

El punto central en los tratos de Dios con el hombre es la gracia. El hombre, según la elección de Dios, fue creado, predestinado, y bendecido en los lugares celestiales para la alabanza de la gloria de su gracia (Ef. 1:3-6), antes de los tiempos de los siglos (2ª Tim. 1:9). Luego –ya en el tiempo– una de las mayores expresiones de las riquezas de su gracia es la redención por la sangre de Jesús, por la cual tenemos perdón de pecados (Ef. 1:7), que es la base de la salvación de Dios.

Por encima aun de la creación de todas las cosas, la resurrección de Cristo es la manifestación más grande del poder de Dios, y nuestra resurrección juntamente con Cristo es, tal vez, la más clara demostración de la gracia de Dios para con nosotros. Y no sólo lo es nuestra resurrección, sino también nuestra entronización en los lugares celestiales con Cristo (Ef. 2:6). Entonces, tenemos que, por la gracia de Dios, hemos pasado de una posición de condenación, a la posición más opuesta: la de exaltación a la diestra de Dios.

En los días del Señor no se vio esta gracia, ni el fruto de ella, como ha sido vista en estos siglos, “los siglos venideros” de que hablaba el apóstol. ¡Cuántos pecados perdonados, cuántas vidas transformadas, cuántas lágrimas enjugadas, cuánta paz en corazones afligidos, cuánta consolación en medio de las pruebas! Y esto es más notorio aún si consideramos que la única condición que legítimamente le corresponde al hombre luego de su caída, es la muerte. Lo único que al hombre le corresponde por su defección es el infierno.

En efecto, el hombre fue creado perfecto, con libre albedrío, con una capacidad intelectual óptima, capaz de discriminar, de entender y de obedecer. El tuvo la dicha de conocer a su Creador, y de hablar con él como un hombre habla con su compañero. Pero, cuando llegó el momento que su obediencia fuera probada, él desconoció las instrucciones de Dios y dio oídos a una voz extraña. Entonces, habiendo obedecido la voz de Satanás, pecó. El hombre sólo merece la muerte. (Rom. 5:12; 6:23).

Las dificultades de Dios en el trato con el hombre

Así estábamos nosotros cuando Dios nos encontró. Y estando el hombre en esa condición, Dios ha reiniciado una forma de trato muy peculiar con él.

En estos tratos, Dios ha hallado grandes dificultades, porque siempre el hombre ha arruinado lo que Dios ha puesto bajo su responsabilidad. El hombre se ha mostrado desde el principio, como un ser torpe, débil, e incapaz de agradar a Dios.

La historia de la fe es una historia de la gracia de Dios; esto es, de los tratos de un Dios grande con un hombre pequeño, de un Dios fuerte con un hombre débil, de un Dios noble con un hombre vil. Primero, Dios tuvo que crear al hombre para poder tratar con él. Después, tuvo que sacarlo de la muerte. Sin embargo, por eso mismo, desde entonces y hasta ahora, han estado brillando las abundantes riquezas de su gracia.

Pero hay más. En los tratos presentes de Dios con el hombre ha surgido otra dificultad. Para poder ocupar al hombre, Dios tuvo que sacarlo de la muerte; sin embargo, no todo el ser del hombre ha sido vivificado aún. Sólo lo ha sido su espíritu, pero no su alma ni su cuerpo, de modo que dos terceras partes del hombre siguen todavía perteneciendo al régimen de la antigua creación. Esta es una nueva dificultad para Dios.

Dios ha introducido su vida en la parte más íntima del hombre, para que desde ahí se propague hacia el exterior, a fin de que el hombre que quiera colaborar con Dios eche mano a esa fuente de recursos celestiales. Pero el hombre es tardo para ver esto, y aún quiere hacer la obra de Dios con la vida del alma. Lo único que en el cristiano es herencia de Dios es su espíritu; lo demás, es herencia de Adán. ¿Cómo podría el Dios de la vida, ocupar nuestra muerte para hacer su obra?

Si después de todas estas dificultades, Dios ha logrado sacar algún provecho del hombre; y si después de todas estas limitaciones, el hombre ha podido hacer algo para Dios, la única explicación posible es la gracia de Dios, porque “lo que es imposible para los hombres, es posible para Dios” (Lc. 18:27; 1:37).

3ª Parte

LOS DESTELLOS DE LA GRACIA (LA GRACIA DE DIOS EN EL ANTIGUO TESTAMENTO)

Uno

LA GRACIA DE DIOS ANTES DE LA LEY

Hebreos 11 nos muestra los hombres y mujeres de fe, con sus hechos de fe. Hebreos 11 destaca a las personas que creyeron, y que fueron justificadas por su fe.

Sin embargo, quisiéramos, en los párrafos que siguen, destacar al Dios que sostuvo a esos hombres y mujeres de fe. Quisiéramos hacer notoria la fidelidad del Dios que los sobrellevó, y su gracia que se derramó abundantemente sobre ellos. En la fe y en los hechos de fe el protagonista todavía es el hombre (bien que la fe es un don de Dios); sin embargo, en la gracia el protagonista es Dios y sólo Dios.

Estos mismos hombres y mujeres, que en Hebreos 11 aparecen destacados por su fe, fueron hombres y mujeres comunes, sujetos a las mismas debilidades y pasiones que nosotros (Stgo. 5:17). Ellos también le fallaron a Dios, fueron infieles y no siempre supieron interpretar correctamente la voluntad de Dios. Sin embargo, a hombres y mujeres de tan vil condición Dios usó, y a ese tipo de personas Dios sigue usando.

Adán. La primera demostración de la gracia de Dios para con Adán es haber traído a la existencia a un ser inexistente. Luego una segunda gracia fue hacerlo a imagen y semejanza de Dios mismo, la cual es Jesucristo.

¿Qué criatura tiene esta bienaventuranza? No la tiene ninguno de los seres vivientes del Apocalipsis, ni los ángeles, ni los arcángeles ni los serafines, ni ninguno de la multitud de seres creados por Dios, sino Adán, el hombre.

Luego, su posición en la creación de Dios. No fue puesto por cola, sino por cabeza. Vedlo allí señoreando sobre todo. Sobre la creación física (“peces”, “aves”, “bestias”, “en toda la tierra”); y aún sobre la creación espiritual (“en todo animal que se arrastra sobre la tierra”, Gén. 1:26) ¡Qué magnífica posición! ¡Pequeño ante el vasto universo, pero señor sobre la tierra!

Pero él desobedeció sin excusa, y con él arrastró a toda la humanidad. Su facilidad para ser engañado por su mujer, su reacción cobarde, su defensa innoble, reflejan perfectamente la bajeza humana. Y cuando quiso cubrirse con un delantal inútil, Dios cubrió su desnudez con túnicas de pieles –el primer tipo del sacrificio de Cristo– , y le sacó del huerto para que no viviera eternamente en esa condición (Gén. 3:22).

El fin de Adán es un fin de muerte: expulsado del huerto, no tuvo la dicha de experimentar el poder vivificador de la fe. Esta es la condición de toda la raza humana. Todavía no se levanta de la postración de la muerte, aunque Dios, en su gracia, ya ha provisto la solución.

Abel. La corta vida de Abel marca el inicio de la recuperación efectuada por Dios luego de la muerte espiritual de Adán, su padre. A Abel se le concedió el privilegio de iniciar la lista de la fe.

“Por la fe Abel” (Heb. 11:4a). La fe se apropia de la gracia, y transforma, por el poder de Dios, la antigua naturaleza en una nueva. De modo que, tal como Adán fue sacado de la tierra, Abel fue sacado por la fe, de la muerte, y, tal como él, todos los que son de fe.

La fe de Abel no fue una fe ambigua, porque descansó en la ofrenda que Él presentó delante de Dios. Adán fue favorecido con el sacrificio de Dios en cuanto a su desnudez, pero no fue acompañado de fe por parte de Adán. Nada se dice de Adán en cuanto a la fe. Pero Abel alcanzó testimonio de que era justo, dando Dios testimonio de sus ofrendas.

Adán tuvo un breve periplo desde el polvo hasta la muerte. Abel, en cambio, por la gracia de Dios y el poder de la fe, fue declarado justo por sus ofrendas.

Enoc. ¿Cuál fue la gracia dada a Enoc? ¿No fue su arrebatamiento, luego de haber caminado con Dios y de haber agradado a Dios? Enoc vivió sólo 365 años, en una época en que el promedio de vida era de 912 años, pero fue declarado justo por la fe, y por esa fe, vive hoy una vida mejor.

En sus días, ya la maldad había cobrado fuerza. La civilización iniciada con Caín hostilizaba a los hijos de Dios. Pero Enoc fue arrebatado para Dios, tipo precioso de los santos arrebatados para la Segunda Venida de Cristo, y manifestado más de cinco mil años antes de su realización.

¿Cuál es la generación de los bienaventurados? Los que caminan con Dios (no sólo los que han visto a Dios, como Adán), los que caminan y le agradan, y han recibido testimonio de haber agradado a Dios.

Noé. De Noé dice la Escritura que “era perfecto en sus generaciones; con Dios caminó Noé” (Gén. 6:9). Y agrega que su “fe condenó al mundo, y fue hecho heredero de la justicia que viene por la fe” (Heb. 11:7).

Sin embargo, en el pasaje de Génesis 9:18-27 vemos a Noé en su debilidad. Después del diluvio, comenzó a labrar la tierra, plantó una viña, bebió del vino, y se embriagó. Luego de embriagarse, quedó tendido en su tienda, desnudo, expuesto a la mirada de sus hijos. Luego de despertar y conocer los detalles del bochornoso episodio, maldice a su hijo menor por su pecado, poniendo sobre él un estigma que se arrastraría por generaciones. No obstante, dice de él la Escritura que fue “pregonero de justicia” (2ª Ped. 2:5), y que por su fe fue declarado justo. ¿Hay mérito en él? No, porque sabemos que la fe es un don de Dios (Ef. 2:8).

Abraham. De Abraham se dicen las cosas más elogiosas en la Escritura. “Creyó Abraham a Dios y le fue contado por justicia”, es decir, fue hecho justo por la sola fe, y vino a ser padre de todos los creyentes (Rom. 4:16; Gál. 3:7). Es declarado tres veces en la Escritura “amigo de Dios” (2 Cr. 20:7; Is. 41:8; Stgo. 2:23). De él descienden reyes y naciones, sin embargo, ¿qué mérito había en Abraham?

Su familia procedía del “otro lado del río”, donde servían a dioses extraños (Jos. 24:2). Dios le dice a Abraham que salga de su tierra y de su parentela (Hch. 7:3), pero no obedece del todo. Sale de su tierra, pero no de su parentela, porque se la llevó consigo (Gén. 11:31), y llegaron sólo hasta Harán, no hasta Canaán, su destino. ¿Qué pasó? Algo andaba mal, y Dios no les dejó continuar. No hubiera hablado bien un Abraham recorriendo la tierra prometida bajo la tutela de su padre. ¿No era acaso un hombre de fe, como para ir bajo el cuidado de otro?

Hasta Harán, el jefe de familia no era Abraham, sino Taré, su padre. Y Dios hubo de esperar hasta la muerte de Taré para poder continuar sus tratos con él. Por eso el capítulo 12 comienza con una velada reprensión: “Pero Jehová había dicho a Abram: Vete de tu tierra y de tu parentela, y de la casa de tu padre, a la tierra que te mostraré.” No era ahora en Harán que Dios le estaba diciendo esto: se lo había dicho antes de salir de Ur.

Hebreos 11 no consigna estos tropiezos, sino que simplemente dice: “Por la fe Abraham, siendo llamado, obedeció para salir al lugar que había de recibir como herencia; y salió sin saber a dónde iba” (v.8). Es que la gracia de Dios nos cubre, y nos hace aparecer intachables. Sin embargo, a nosotros nos conviene dejar bien establecido en nuestro propio corazón qué clase de persona somos, y de dónde nos sacó el Señor, para que nunca nos ensoberbezcamos, ni pensemos que es por nuestra justicia que Él nos amó y nos escogió.

Luego, Abraham bajó a Egipto “porque era grande el hambre en la tierra”. Allí ocurre un bochornoso incidente, en el cual está involucrada Sara, su esposa. Al ver los egipcios que Sara era una mujer hermosa, la llevaron a casa de Faraón, quien dio dones a Abraham. Luego, a causa del pecado de Faraón, el Señor le hirió con grandes plagas, por causa de Sarai mujer de Abraham. “Entonces Faraón llamó a Abram, y le dijo: ¿Qué es esto que has hecho conmigo? ¿Por qué no me declaraste que era tu mujer? ¿Por qué dijiste: Es mi hermana, poniéndome en ocasión de tomarla para mí por mujer?... “.

Este pasaje es triste en la vida de Abraham, y en la versión Reina-Valera 1960 resulta oscuro. ¿Qué significa de verdad el dicho de Faraón: “¿... Poniéndome en ocasión de tomarla para mí por mujer”? La Versión Moderna dice: “De manera que la tomé por mujer.” (íd. la Biblia de Jerusalén).

Más adelante, se repite casi exactamente esta historia. Abraham va a Gerar, y Abimelec, rey de Gerar envió y tomó a Sara. Sin embargo, esta vez interviene Dios para advertirle a Abimelec que no la toque (Gén. 20:3-7). Abraham expone de nuevo a Sara, la induce a mentir, y si se libró, fue simplemente por la gracia de Dios, quien no le permitió a Abimelec tocarla.

En otros episodios, el carácter de Abraham muestra rasgos de gran nobleza; pero aquí le vemos muy por debajo de Abimelec. Como en la vez anterior, Abraham sale del incidente reprendido por el rey, pero también enriquecido con los dones recibidos.

Así que, no es por sus méritos que Abraham llega a ser el padre de la fe. Abraham tenía muchas debilidades –igual que nosotros–, y justamente por eso, pudo brillar en él espléndidamente la gracia de Dios. La personalidad de Abraham es una muestra más de la realidad de todo creyente: la fragilidad del vaso, y la preciosidad del tesoro que lleva adentro.

Isaac. Isaac es hijo de Abraham, el hijo de la promesa. Como tal, él disfrutó de la herencia, porque en su linaje serían benditas todas las familias de la tierra. Fue un hijo ejemplar, pero no hizo nada sobresaliente. Él se dedicó, simplemente, a seguir la huella dejada por su padre (Gén. 18:19). No abrió sus propios pozos, sino que reabrió los que había hecho su padre (26:18). Pero, siendo el hijo de la promesa, heredó todo de su padre (25:5).

Como su padre, vivió en Gerar, y mintió igual que aquél, y su mujer estuvo a punto de ser mancillada por los hombres del lugar (Gén.26:10). También fue reprendido por el rey Abimelec. Sin embargo, ese mismo año, tuvo una abundante cosecha –ciento por uno– , “y le bendijo Jehová.”

Hebreos 11 es escueto respecto de él: “Por la fe bendijo Isaac a Jacob y a Esaú respecto a cosas venideras” (v.20). ¿Cómo fue su bendición? No fue exenta de dificultades.

Cuando nacieron sus hijos, Dios había dicho: “El mayor servirá al menor”; sin embargo, llegado el momento de la bendición por la primogenitura, él lo olvidó completamente, y quiso bendecir a Esaú. Sólo la treta de Rebeca, que estaba dispuesta a hacer prevalecer el oráculo de Dios, evitó que Isaac lograra su propósito. Su imagen de anciano forzado por su mujer y por su hijo menor, a entregar un bien que Dios ya había señalado, no es la imagen de un hombre espiritual.

Sin embargo, su figura de hijo que hereda todo del Padre es un tipo precioso de Cristo, y también de cada creyente, como coheredero con Cristo de toda la riqueza de Dios. Por eso, Dios se da a conocer a Moisés más tarde no sólo como el Dios de Abraham, sino también como el Dios de Isaac.

Jacob. En Jacob contrasta notablemente, aún más que en Abraham e Isaac, la grandeza del llamamiento de Dios y la vileza del vaso. Su nombre mismo, que significa “suplantador”, recibido el día de su nacimiento, habla por sí solo.

Dios decidió la elección de Jacob en lugar de Esaú cuando “no habían aún nacido, ni habían hecho aún ni bien ni mal ...” (Rom. 9:11a). “¿No era Esaú hermano de Jacob? Dice Jehová. Y amé a Jacob, y a Esaú aborrecí” (Mal. 1:2-3). Este amor le fue confirmado cuando era muchacho (Os. 11:1), y Dios declara no avergonzarse de llamarse Dios de Jacob (2 S. 23:1; Sal. 20:1).

Luego, la astucia y el oportunismo para robarle a su hermano la primogenitura (Gén. 25:27-34), la actuación engañosa ante su padre para obtener su bendición (Gén. 27), su huida intempestiva de su casa por causa de su hermano, sus condiciones para aceptar que Dios fuera su Dios (Gén. 28), sus largos y tortuosos tratos con Labán su pariente (Gén. 30-31), su astucia, de nuevo, para preparar el corazón de su hermano Esaú en el reencuentro (Gén. 32), su incapacidad de ejercer autoridad sobre sus hijos violentos (Gén. 34), las discordias que provocaba con su marcado favoritismo por dos de sus hijos (Gén. 37:3; 42:4), sus palabras pesimistas y quejosas ante el Faraón de Egipto, siendo –como era– un escogido de Dios (Gén. 47:9), todo ello muestra claramente la debilidad de un carácter demasiado humano para tan alta vocación.

De él tampoco dice mucho Hebreos 11: “Por la fe Jacob, al morir, bendijo a cada uno de los hijos de José, y adoró apoyado sobre el extremo de su bordón” (v.21). Su postrer momento es todo lo que menciona como ejemplo de fe. ¿Cuál fue?

El episodio ocurrió en Egipto. Jacob está rodeado de José y de sus nietos Efraín y Manasés. Él está enfermo, con dificultad se sienta sobre su cama, sus ojos apenas pueden ver. Entonces pide a José que esos dos hijos le sean concedidos, porque Raquel, su mujer preferida, había muerto tempranamente y no le había dado más hijos. Y entonces bendice a esos hijos como si fueran suyos, el menor sobre el mayor, igual que en aquella lejana escena junto al lecho de su padre. Esto es todo.

Jacob vivió 147 años, pero en Hebreos se menciona sólo esta escena final. Ni siquiera se menciona la bendición de sus propios hijos, que ocurre poco después. Sin embargo, ¡cuán amado por Dios fue Jacob! Dios no es llamado sólo el Dios de Abraham y de Isaac, ¡es también el Dios de Jacob!

Hoy el pueblo que salió de sus entrañas lleva su nombre. Israel es el nombre de uno que lucha y que vence, porque Dios es Dios de gracia, y levanta al vil, y se sirve del duro y rebelde para manifestar su paciencia y su infinita bondad.

José. ¿Qué diremos de José, el amado de su padre y de Dios? La providencia de Dios atendía por medio de José al propósito con Israel. El salmista dice de él: “Afligieron sus pies con grillos; en cárcel fue puesta su persona. Hasta la hora que se cumplió su palabra, el dicho de Jehová le probó. Envió el rey, y le soltó; el señor de los pueblos, y le dejó ir libre. Lo puso por señor de su casa, y por gobernador de todas sus posesiones, para que reprimiera a sus grandes como él quisiese, y a sus ancianos enseñara sabiduría” (Sal. 105:17-22; ver Gén. 39:21).

Faraón le dijo a José: “Sin ti ninguno alzará su mano ni su pie en toda la tierra de Egipto” (Gén. 41:44). Ved un hebreo, recién salido de la cárcel, puesto en eminencia ¿no es asombroso? Bien dijo Faraón: “¿Acaso hallaremos a otro hombre como éste, en quien esté el espíritu de Dios?” (Gén. 41:38). No se fija el Faraón en su apostura, ni en su inteligencia, sino en la gracia que se le había concedido: el Espíritu de Dios. Luego, ved a José, ataviado con la pompa real, sobre el carro del rey y con solemne pregón delante de él: “¡Doblad la rodilla!”, como si fuese una deidad.

Pero el siervo que ha sido objeto de la misericordia, es también misericordioso. Al darse a conocer a sus hermanos, les dice: “Ahora, pues, no os entristezcáis, ni os pese de haberme vendido acá; porque para preservación de vida me envió Dios delante de vosotros” (Gén. 45:5). ¿Y los ricos dones enviados a su padre, y los carros para llevarlo a Egipto? Y sus cuidados postreros, ¿no son expresión de la misericordia de Dios manifestada a causa de su aflicción?

Luego de muerto su padre, los hermanos temen un desquite; pero José les dice: “No temáis; ¿acaso estoy yo en lugar de Dios? Vosotros pensasteis mal contra mí, mas Dios lo encaminó a bien, para hacer lo que vemos hoy, para mantener en vida a mucho pueblo. Ahora, pues, no tengáis miedo; yo os sustentaré a vosotros y a vuestros hijos. Así los consoló, y les habló al corazón” (Gén. 50:19-21). La ternura de su carácter, la limpieza de su proceder, ¿no son admirables? Este no es el carácter de un esclavo, ni tampoco el de un hijo de Jacob.

La figura de José es todo un paralelo tipológico de la vida y el carácter del Señor Jesucristo. Es la más completa alegoría de Cristo en todo el Antiguo Testamento. ¿No es una gracia grande haber anticipado el aborrecimiento de que fue objeto por sus hermanos, sus tentaciones sin pecado, sus sufrimientos en manos de la injusticia, su humillación y su gloria (futura) ante todas las naciones? Gracia incomparable para un hombre nacido de mujer.

Moisés. Moisés, siendo niño, fue rescatado de la muerte. Muchos otros niños murieron, pero él “fue agradable a Dios” (o “hermoso para Dios”, Hch. 7:20), y fue salvado de las aguas. Su propia madre lo crió, como nodriza de la hija de Faraón, y le inculcó el amor por su Dios y por su pueblo. ¡Qué dicha la de Amram y Jocabed! ¡Su hijo, despreciado por el Faraón, criado en su mismo palacio, y en brazos de la hija del rey!

Una vez hecho hombre, Moisés pensaba que su formación egipcia y su rango social le daban el derecho de erigirse como libertador de su pueblo. En vez de ello, se convierte en homicida, y debe huir a Madián. Moisés ha fracasado. Cuarenta años –es decir, un tercio de su vida– necesitará para perder toda confianza en sí mismo, y poder servir a Dios en el espíritu. Pero Dios no se olvidó de él. Cuando todos le habían olvidado (porque ni los israelitas, ni el Faraón le reconocieron en su regreso), Dios no le olvidó.

El encuentro de Moisés con Dios en la zarza ardiente es revelador del resultado de los tratos de Dios con este hombre. Dios escogió una zarza –el más vil de los arbustos– para manifestarse a Moisés, porque Él desciende hasta el hombre, al pecador y al asesino. Entonces Moisés presenta cinco objeciones al llamamiento de Dios, pero Dios insiste. Él le quería ocupar precisamente porque se sabía inútil (Éx. 3,4). A partir de esta visión –de la grandeza de Dios y de su propia pequeñez–, Moisés estará en condiciones de conducir al pueblo de Dios, y de ver que los portentos en el desierto no eran del hombre ni por causa del hombre, sino de Dios y por causa de Dios.

Dos

LA MISERICORDIA DE DIOS DURANTE LA LEY

Para que la gracia de Dios pueda manifestarse ha de estar presente la fe. Y como la ley no es de fe, la gracia es anulada . La carrera de Israel bajo la ley es una carrera de fracasos, en la cual, sin embargo, no estuvo ausente la misericordia. La misericordia se expresa en el socorro de Dios para su pueblo afligido. Sus actos de misericordia son innumerables. A veces brillan muy alto, como en los días de Moisés, de Josué, de David, Salomón, Josafat y Josías. Veamos algunas muestras de su misericordia.

En el desierto. A poco andar de la salida de Egipto, Israel comienza a darle problemas a Dios: ellos echan de menos la comida egipcia y quieren volver. Luego, reclaman por el agua, y se atemorizan por el informe de los espías. Ellos se rebelan. Dios les recuerda que ya le han tentado diez veces y no han oído su voz. Dios decide dejar esa generación en el desierto, y ser glorificado en los pequeños. “Generación contumaz y rebelde; generación que no dispuso su corazón, ni fue fiel para con Dios su espíritu”, dirá Asaf años después. Cuando toda la congregación se rebela, y Dios, en justicia, decide exterminarlos, Él mismo se suscita un intercesor –Moisés– quien interpreta el deseo de su corazón y ordena a Aarón que corra con el incensario a favor del pueblo. (Núm. 16:46).
No obstante, después de esto, la rebelión sigue su curso, y Dios envía serpientes ardientes que causan mortandad entre el pueblo. Pero, ¿quién lo podría creer? El mismo que, en un momento de ira las envía como justo castigo por la rebelión, envía en seguida el remedio. Y se levanta, por orden suya, la serpiente de metal –tipo precioso del Hijo de Dios– que es el feliz remedio para la mordedura de las serpientes. (Núm. 21: 4-9; Jn. 3:14).

Es una larga historia de fracasos y rebeldías, pero también de la gracia y de la paciencia de Dios, porque nunca cesó de defenderlos, sino que “extendió una nube por cubierta, y fuego para alumbrar la noche” (Sal. 105:39). Nunca se envejeció su vestido ni sus pies se hincharon por el largo camino. Ellos “hablaron contra Dios diciendo: ¿Podrá poner mesa en el desierto?” (Sal. 78:19b). “Pidieron, e hizo venir codornices; y los sació de pan del cielo. Abrió la peña, y fluyeron aguas; corrieron por los sequedales como un río” (Sal. 105:40-41).

¿Y no es emocionante aquella escena en Beer? El pueblo se reúne. Mientras Moisés y los príncipes dan golpes en la tierra con sus báculos, ellos cantan: “Sube, oh pozo” (Núm. 21:17-18). Entonces comienza a manar por entre la arena y las piedras el agua de vida, ante el regocijo de todos.

No importaba cuán fiera era la rebelión, ni cuán injusta la murmuración contra Dios o contra Moisés su siervo, Dios proveía su cuidado, porque eran su pueblo.

Balaam. El pueblo de Israel se acerca a la tierra prometida. Ya están en tierras de Moab. A la sazón, Balac era rey de Moab. Angustiado Balac por el peligro que significaba la presencia de israelitas, manda a buscar a Balaam con dádivas de adivinación, para que los maldijera.

Balaam se resiste, pero Balac insiste. Autorizado por Dios (Dios le autoriza, pero contrariado, porque conocía que su camino era perverso), Balaam acude, e inspirado por el Señor, dice de Israel a Balac y sus príncipes: “¿Por qué maldeciré yo al que Dios no maldijo? ¿Y por qué he de execrar al que Jehová no ha execrado? ... he aquí un pueblo que habitará confiado ...”. Balaam no puede maldecir a quien Dios no ha maldecido; en cambio, declara la elección de Israel, su separación para Dios, y su rectitud.

Por segunda vez, Balac insiste en la maldición y de nuevo Dios pone en la boca de Balaam palabras de bendición: “Dios no es hombre, para que mienta, ni hijo de hombre para que se arrepienta ... No ha notado iniquidad en Jacob, ni ha visto perversidad en Israel. Jehová su Dios está con él ... Dios los ha sacado de Egipto; tiene fuerzas como de búfalo. Porque contra Jacob no hay agüero, ni adivinación contra Israel. Como ahora, será dicho de Jacob y de Israel: ¡Lo que ha hecho Dios! He aquí el pueblo que como león se levantará, y como león se erguirá ...”. La justicia de Dios cubre las faltas de su pueblo. Tal como Él ve a su Hijo, nos ve a nosotros, porque de Cristo estamos revestidos (Gál. 3:27). Cuando los hombres vieran a Israel dirían: ¡Esta es obra de Dios! Nadie pensará ni remotamente que el mérito es de ellos, porque habrán visto su indignidad, y la salvación de Dios para con ellos.

La tercera vez, le dice Balac a Balaam: “Ya que no lo maldices, tampoco lo bendigas”. Sin embargo, Balaam dijo: “¡Cuán hermosas son tus tiendas, oh Jacob, tus habitaciones, oh Israel! Como arroyos están extendidas, como huertos junto al río, como áloes plantados por Jehová, como cedros junto a las aguas ... Benditos los que te bendijeren, y malditos los que te maldijeren.” Dios se queda extasiado mirando las tiendas de su pueblo que acampa en el valle junto al Jordán. Anuncia su fecundidad y su poder. Y da a conocer su amor por ese pueblo, que es para Él “como la niña de su ojo” (Dt. 32:10).

La cuarta vez, Balaam profetiza nada menos que del Señor Jesucristo: “Lo veré más no ahora; ... saldrá ESTRELLA de Jacob, y se levantará cetro de Israel ...” (Núm. 24:17).

Las palabras de Balaam son de las más preciosas de toda la Escritura. Sus palabras encierran una visión que no es humana. El pueblo venía pecando, y seguiría después pecando, no obstante, las palabras de Balaam ignoran todo ello, y muestran la visión de un pueblo justo, santo, perfecto. Pero no sólo las palabras –en su contraste con lo que el pueblo demuestra ser en los hechos– muestran la gracia de Dios, sino también el hombre usado para emitirlas. Este es un profeta caído (24:16b), cuyo camino es perverso. Poco después de este episodio incitará a Israel a pecar en Baal–peor (Núm. 31:16); sin embargo, y por eso mismo tal vez, sus palabras permiten ver más claramente al Dios que las inspiró.

En tierras de Moab. Antes de cruzar el Jordán, Dios habla al pueblo por medio de Moisés, diciendo: “Porque tú eres pueblo santo para Jehová tu Dios; Jehová tu Dios te ha escogido para serle un pueblo especial, más que todos los pueblos que están sobre la tierra” (Dt. 7:6). Sin embargo, luego les dice: “Oye Israel: tú vas hoy a pasar el Jordán, para entrar a desposeer a naciones más numerosas y más poderosas que tú ... Entiende, pues, hoy, que es Jehová tu Dios el que pasa delante de ti como fuego consumidor, que los destruirá y humillará delante de ti ... No por tu justicia, ni por la rectitud de tu corazón entras a poseer la tierra de ellos, sino por la impiedad de estas naciones ... porque pueblo duro de cerviz eres tú” (9:1,3,5a-6b).

En este pasaje queda en claro que la elección de Israel no es por obras sino que es por gracia. No es por su justicia ni por su rectitud. Había razones en otros, pero no las había en Israel. En ellos no había méritos, sino sólo deméritos. Rebelde y de dura cerviz, lo único que habían hecho bien en el trayecto por el desierto era provocar a ira al Señor.

Moisés, en su cántico final, deja testimonio de ello al decir: “Dios de verdad, y sin ninguna iniquidad en él; es justo y recto. La corrupción no es suya; de sus hijos es la mancha, generación torcida y perversa. ¿Así pagáis a Jehová, pueblo loco e ignorante?.” Y más adelante agrega: “Porque son nación privada de consejos, y no hay en ellos entendimiento” (Dt. 32:4b-6;28). Sin embargo, era el pueblo de su elección. ¡Gloria a Dios por su elección, porque es buena, es sabia y porque permite que su gracia brille en abundancia!

La conquista. Ahora están frente a la tierra y comienza la conquista. ¿Cómo pasarán el Jordán? ¿Hay puentes, balsas, vados? Nada de eso. Los sacerdotes, con el arca sobre sus hombros, tocan el borde de las aguas, las cuales se detienen para que el pueblo pase en seco. Luego, la toma de Jericó. Rodean la ciudad por siete días, el séptimo siete veces y caen los muros. La lanza extendida de Josué provoca la caída de Hai. Luego la derrota de los cinco reyes, con las piedras que Jehová arrojó desde el cielo; el sol que se detiene en Gabaón y la luna en Ajalón. En total, treinta y un reyes cayeron delante de Josué e Israel. ¿Qué estrategias de guerra son estas?

Bien podrían cantar después los hijos de Coré: “Porque no se apoderaron de la tierra por su espada, ni su brazo los libró; sino tu diestra, y tu brazo, y la luz de tu rostro, porque te complaciste en ellos” (Sal. 44:3). Y Asaf decir: “Los trajo ... a las fronteras de su tierra santa, a este monte que ganó su mano derecha” (Sal. 78:54).

No obstante, de nuevo el pueblo desobedece. Se apropia rápidamente de sus heredades y, llevado por la comodidad, no concluye la conquista de la tierra. Muchos cananeos quedaron con vida, y comenzaron a convivir con ellos. Sus familias se mezclaron, sus costumbres se transmitieron y sus dioses adoraron. Tras la muerte de Josué viene el caos y la apostasía.

Comienza, entonces, el oscuro período de los jueces: que es, sin embargo, uno de los más brillantes, por la gracia de Dios que es desplegada.

Los Jueces. Los jueces no son individuos sobresalientes. Ellos surgen como una reacción de Dios al clamor del pueblo agobiado. Ellos no son figuras descollantes que surjan en medio de la normalidad, sino que son figuras entresacadas de lo vil, con todo el sello del deterioro y la anormalidad.

Ahí tenemos, por ejemplo, a Samgar que mató a seiscientos hombres con una aguijada de bueyes; a Débora, una mujer; a Barac, un hombre falto de carácter; a Jefté, hijo de una ramera; a Sansón, de escasa moralidad y conducta pueril. Sus armas son risibles, como una aguijada de bueyes, trompetas, cántaros y antorchas, o la quijada de un asno. En medio de todo esto, la gracia de Dios se hace generosa para salvar a su pueblo apóstata e idólatra.

El caso de Gedeón. Mención especial merece Gedeón, cuya victoria sobre los madianitas es un modelo de las batallas espirituales. Dios utilizó a Gedeón para una gran victoria. Sin embargo, antes de ella, Dios se aseguró de que quedara claro que la victoria era suya y no de ellos. Por eso dijo a Gedeón: “El pueblo que está contigo es mucho para que yo entregue a los madianitas en su mano, no sea que se alabe Israel contra mí diciendo: Mi mano me ha salvado” (Juec.7:2).

Luego que fueron seleccionados sólo trescientos, Gedeón dispuso el orden de batalla: formó con sus hombres tres escuadrones, les dio trompetas en sus manos y cántaros vacíos con teas ardiendo dentro de ellos. Luego debían hacer sonar sus trompetas, quebrar los cántaros y tomar en la mano izquierda las teas ardiendo, y gritar: “¡Por la espada de Jehová y de Gedeón!”.

Las armas de Gedeón no eran aptas para la batalla que él daba. Esas eran armas representativas. La trompeta es la Palabra de Dios, anunciadora de victoria. Las teas ardiendo son los corazones encendidos por el Espíritu Santo. Y los cántaros que habían de romper es la carne, el yo, que debe ser quebrantado para que brille la tea ardiendo. Eran las armas del Espíritu, concedidas en gracia.

Entonces ellos vieron la salvación de Dios. “Y se mantuvieron firmes cada uno en su puesto en derredor del campamento; entonces todo el ejército (enemigo) echó a correr dando gritos y huyendo. Y los trescientos tocaban las trompetas; y Jehová puso la espada de cada uno contra su compañero en todo el campamento” (7:21-22). ¡Qué recurso más precioso es la gracia de Dios! ¡Qué invaluable don, qué regalo más alto nos ha sido dado! Brilla, majestuosa, en nuestra pequeñez y en nuestra indefensión.

Samuel. La historia de este hombre de Dios ha de partir, indefectiblemente, por su madre (y no precisamente por razones naturales). Lo primero que encontramos al abrir el libro de Samuel es la tribulación de Ana, sus lágrimas y las vejaciones de que era objeto por parte de su rival. Ana era una mujer “atribulada de espíritu” que derramaba su alma delante del Señor. Ella pide un hijo al Señor, para luego dedicárselo.

Al tiempo, lo recibió, y lo entregó al Señor. Y del Señor recibió –la estéril– cinco hijos. Bien podía ella decir después: “Él levanta del polvo al pobre, y del muladar exalta al menesteroso, para hacerle sentarse con príncipes y heredar un sitio de honor” (1 Sam.2:8).

Dios, que se goza en vencer las imposibilidades del hombre, halló en esta mujer ocasión para expresar su gloria. Y luego, con este hombre, creó las condiciones para el establecimiento de un reino sempiterno.

En las postrimerías de Samuel, Israel, desobedeciendo a Dios, quiso tener rey, igual que las demás naciones. Dios les concedió lo que pidieron; pero cuando ellos debieron haber recibido, en retribución a su necedad y porfía, puros Saúles, he aquí que Dios, en su gracia, les dio también Davides.

Tres

LA MISERICORDIA DE DIOS BAJO LOS REYES

El período de los reyes muestra cómo operan los principios del gobierno de Dios con su pueblo, tal como aparecen en Éxodo 34:6-7: el primero, que el Señor es misericordioso y piadoso, tardo para la ira, y grande en misericordia y verdad; el segundo, que no tendrá por inocente al malvado; y el tercero, que visita la iniquidad de los padres sobre los hijos y sobre los hijos de los hijos, hasta la tercera y cuarta generación.

No obstante, en todo momento, vemos que la misericordia de Dios excede todas estas cosas, porque cuando se alza un grito de auxilio, aunque sea del más perverso de los reyes, Dios envía prontamente su socorro.

David y el proceder de Dios

¿No era David el menor de la casa de su padre, y menospreciado? Cuando fue Samuel a ungirle, él estaba solo en el campo, sufriendo el rigor del frío y el peligro de las fieras que amenazaban su rebaño. No era el favorito de su padre –como lo era José para su padre Jacob–; sin embargo, Dios “eligió a David su siervo, y lo tomó de las majadas de las ovejas; de tras las paridas lo trajo, para que apacentase a Jacob su pueblo” (Sal. 78:70-71).

Cuando él fue al frente de batalla, todos le menospreciaron, y su hermano mayor le reprendió. ¿Cómo pudo un muchacho delicado vencer con honda y piedra al gigante Goliat, a quien hizo exclamar: “¿Soy yo perro, para que vengas a mí con palos?” El mismo David lo explica en su arenga: “Tú vienes a mí con espada y lanza y jabalina; mas yo vengo a ti en el nombre de Jehová de los ejércitos ... él os entregará en nuestras manos” (1 S. 17:45,47b).

Luego, en sus largos años de prueba mientras huía de Saúl, ¿cuántas veces sintió que apenas había un paso entre él y la muerte? (1 S.20:3). Pero Dios le hizo rey, y un rey conforme a su corazón (1 S. 13:14;16:7). Más aún: Dios hace con David un pacto eterno, bajo juramento. Dios dijo: “Hallé a David mi siervo; lo ungí con mi santa unción ... Su descendencia será para siempre, y su trono como el sol delante de mí.” (Sal. 89:20,36). Estas palabras son asombrosas. ¡Dios comprometiéndose así con un hombre de carne! Al final de ese pacto y de esa descendencia ¡está el Señor Jesucristo y su trono sempiterno!

Cuando David se entera de esto, fue y se postró delante de Dios, diciendo: “Señor Jehová, ¿quién soy yo, y qué es mi casa, para que tú me hayas traído hasta aquí? Y aun te ha parecido poco esto, Señor Jehová, pues también has hablado de la casa de tu siervo en lo por venir. ¿Es así como procede el hombre, Señor Jehová? ¿Y qué más puede añadir David hablando contigo?” (2 S. 7:18-20).

Lo que a David más le desconcierta es que el don de Dios guarde tan poca relación con el receptor. Entonces él pregunta: “¿Es así como procede el hombre, Señor Jehová? “ (o, “¿Es ese el modo de obrar del hombre, Señor Jehová?”, versión 1909). Naturalmente, el hombre no obra así.

Poco después vendría el triste episodio de Betsabé, la mujer de Urías. Urías era uno de los valientes de David (2 S. 23:39), que estaba por ese tiempo en la guerra. El procedimiento que siguió David para deshacerse de él y poder tomar su mujer muestra – a la par – la maldad de David y la rectitud de Urías. Sin embargo, es Dios quien escoge a quién Él quiere, y Él escogió a David.

David dice, después del vergonzoso episodio: “Tu benignidad me ha engrandecido” y “Él salva gloriosamente a su rey, y usa de misericordia para con su ungido” (2 S. 22:36b; 51a).

Casi al final de sus días, David incurre en una nueva falta, en lo relativo al censo, y cuando debió optar por un castigo en manos de Dios o en manos de los hombres, dijo: “En grande angustia estoy; caigamos ahora en mano de Jehová, porque sus misericordias son muchas, mas no caiga yo en manos de hombres” (2 S. 24:14). Esto sólo lo podía decir uno que conocía de verdad a Dios.

¿Quién mejor que David podía decir: “Bienaventurado aquel cuya transgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado. Bienaventurado el hombre a quien Jehová no culpa de iniquidad” (Sal. 32:1-2a), y “¡Cuán preciosa, oh Dios, es tu misericordia! Por eso los hijos de los hombres se amparan bajo la sombra de tus alas” (Sal. 36:7-8).

El pacto de Dios para con David se cumplió generación tras generación, hasta el cautiverio. El largo y accidentado itinerario del reino tras su muerte deja constancia a cada paso de “las misericordias fieles a David”. Porque, por malvado que fuera el rey de turno, Dios le sostenía por amor a su siervo David: “Jehová no quiso destruir a Judá, por amor a David su siervo, porque había prometido darle lámpara a él y a sus hijos perpetuamente” (2 R. 8:19; ver tb. 1 R. 11:36; 15:4).

Salomón

La gracia de Dios se manifestó para Salomón desde muy temprano. Antes de que él naciera, Dios le dijo a David, su padre: “Tú has hecho grandes guerras; no edificarás casa a mi nombre ... He aquí te nacerá un hijo, el cual será varón de paz ... su nombre será Salomón.... El edificará casa a mi nombre, y él me será a mí por hijo, y yo le seré por padre ...” (1 Cr. 22:8-10).

Luego, cuando nace el hijo de Betsabé, Dios le hace saber a David que ese hijo es amado de Él, por lo cual David le llama “Jedidías”, y no Salomón. David no pensó en un comienzo que un hijo dado por la mujer del pecado, fuese el hijo del cual Dios le había hablado para bien. Finalmente, siendo así confirmado, le pone ese nombre y así Salomón fue el heredero del trono, pese a que no era el mayor (1 Cr. 28:4-5; 2 S. 5:14). Luego la Escritura dice de él en tono solemne: “Y se sentó Salomón por rey en el trono de Jehová en lugar de David su padre” (1 Cr. 29:23).

David profetiza, en el salmo 72, acerca de Salomón, y da la clave de su reinado pacífico: “Vivirá, y se le dará del oro de Sabá, se orará por él continuamente; todo el día se le bendecirá” (v.15). En la ceremonia de asunción, David le dice: “Mira, pues, ahora, que Jehová te ha elegido para que edifiques casa para el santuario; esfuérzate, y hazla” (2 C. 28:10; Hch. 7:47). Dios escogió a Salomón no sólo para que heredase el trono de David, sino también para que le edificara casa.

Su apostasía final no pudo borrar las misericordias de Dios para con él; porque fue usado por Dios para mostrar anticipadamente, en su matrimonio con la hija de Faraón, la inclusión de los gentiles en el reino de Cristo; para escribir la preciosa alegoría de Cristo y la iglesia en “El Cantar de los Cantares”; para mostrar figuradamente secretos de la eternidad del Padre y el Hijo, entre otras riquezas, en el libro de los Proverbios, y, sobre todo, para que expresase las glorias del reino de Jesucristo.

A la muerte de Salomón, el reino se dividió en manos de Roboam su hijo, quien conservó sólo las tribus de Judá y Benjamín. Jeroboam, por su parte, se queda con las diez tribus del norte, y establece su capital en Samaria.

El Reino dividido:

Israel

Así surge el reino de Israel, el que, sumido en la idolatría desde los días de Jeroboam, apura su triste fin en sus poco más de doscientos años. ¿Cuántos pecados se amontonaron en su desgraciada historia? En 2 Reyes 17:7-23 encontramos un compendio de esa historia, y las causas de su caída. El desglose de ellos es una larga retahíla de ofensas a Dios.

El primero de sus impíos reyes es quien introduce reformas en el culto, que tuvieron repercusiones desastrosas. Hace instalar dos becerros de oro, levanta sacerdotes que no eran de la tribu de Leví, e instituye fiestas solemnes en fechas inventadas de su propio corazón (1 R. 12:33; 13:33).

Después de él hubo 18 reyes en Israel. De 16 de ellos se dice que anduvieron en los pecados de Jeroboam. ¡Triste ejemplo el de Jeroboam, que introduce al pueblo en la senda de la apostasía! Si la misericordia de Dios dependiese de las obras, estos reyes hubieran sido destruidos prontamente. Pero, lo que asombra es ver cómo, pese a sus injusticias y espantosas idolatrías, Dios los socorre una y otra vez.

Nadab, Baasa, Ela, Zimri, Omri fueron los primeros reyes. Tristes nombres, que culminaron en el aún más triste de Acab, el peor de todos (1 R. 16:30-31;21:25). Tomó por mujer a Jezabel, hija del rey sidonio, y sirvió a Baal, construyéndole un templo en Samaria.

Cuando Acab fue atacado por Ben-adad, rey de Siria, Dios le envió un profeta para decirle: “Así ha dicho Jehová: ¿Has visto esta gran multitud? He aquí yo te la entregaré hoy en tu mano, para que conozcas que yo soy Jehová” (1 R. 20:13). Dios le dio victoria, pero le advirtió que dentro de un año el enemigo volvería. Transcurrido el plazo, el Señor le envía un profeta para decirle que los entregaría nuevamente en su mano. Sin embargo, Acab, en vez de atacarlos, hace alianza con el rey sirio. El Señor le manda a decir: “Así ha dicho Jehová: Por cuanto soltaste de la mano el hombre de mi anatema, tu vida será por la suya, y tu pueblo por el suyo” (1 R. 20:42). Acab tuvo la oportunidad de obedecer y disfrutar de las bendiciones de Dios, pero rehusó hacerlo.

Joacaz fue otro rey que hizo lo malo ante los ojos de Dios, por lo cual lo entregó bajo el dominio de Hazael, rey de Siria. “Mas Joacaz oró en presencia de Jehová, y Jehová lo oyó; porque miró la aflicción de Israel, pues el rey de Siria los afligía. Y dio Jehová salvador a Israel, y salieron del poder de los sirios; y habitaron los hijos de Israel en sus tiendas, como antes ...” (2 R. 13:4-6).

Joás tampoco se apartó de los pecados de Jeroboam. Sin embargo, cuando el profeta Eliseo estaba enfermo de muerte, él lo fue a visitar, y Eliseo le concedió tres victorias sobre los sirios. ¿Qué diremos de la paciente espera de Dios bajo los reinados de Jeroboam II, que llegó a tener una gran bonanza económica y poderío militar, de Zacarías, su hijo, y de todos los reyes restantes?

Sin embargo, es en este mismo oscuro período, que Dios envía, por medio del profeta Oseas, la más hermosa promesa dada al pueblo de Dios en tiempos de los reyes.

“Los amaré de pura gracia”

El mensaje de Oseas tiene dos tonos. Por un lado, anuncia la suerte definitiva de Israel, luego de su apostasía creciente e insalvable, declarando que Israel se llamará desde entonces “Lo-ammi” (“No pueblo mío”) , porque “vosotros –les dice Dios– no sois mi pueblo, ni yo seré vuestro Dios” (1:9). El régimen de la ley ha producido su fruto de muerte. El hombre, al ser hecho responsable delante de Dios, muestra su impotencia, y es desechado. Al ser puesto en una carrera en que debía avanzar por las obras, fracasa. El libro de Oseas es el postrer grito de angustia de Dios por una nación apóstata que ha fallado en sus intentos por agradarle.

Sin embargo, en el último capítulo vemos una salida al gran problema de Israel. No será una solución para esos días, sino para los nuestros hoy –como gentiles– y para los judíos, en un futuro próximo. El Señor, por medio de Oseas, llama al pueblo a volverse a Él, no con una promesa, sino con una confesión. Ellos deberán decir: “No nos librará el asirio; no montaremos en caballos, ni nunca más diremos a la obra de nuestras manos: Dioses nuestros; porque en ti el huérfano alcanzará misericordia” (14:3).

La solución que el pueblo había hallado en ocasiones anteriores luego de sus apostasías, era el compromiso y la promesa de cumplir la ley. (Aún en días de Nehemías, unos 300 años después, todavía habría de ocurrir eso, pues el pueblo, bajo firma habría de comprometerse en un vano pacto con Dios (9:38-10:1). Pero todas las veces había fracasado y fracasaría aún.

Más adelante ellos verán, en un tiempo todavía futuro, el camino correcto. La verdad entonces será manifestada, dejando al descubierto su real condición. Llegarán a ver que no pueden cumplir la ley, ni agradar a Dios de esta forma, que se equivocaron cuando echaron mano del asirio, cuando se proveyeron de los mejores caballos de Egipto, y cuando recurrieron a las obras de sus manos. Entonces estarán desvalidos como un huérfano, y, en esa condición, vendrán a Él para hallar misericordia, y la hallarán. Entonces sí conocerán la salvación de Dios.

El Señor les dice: “Yo sanaré su rebelión, los amaré de pura gracia; porque mi ira se apartó de ellos” (14:4). Es la gracia de Dios, que se revela en el fracaso del pueblo, y más aún, en el reconocimiento de ese fracaso, la que producirá el cambio definitivo. La gracia de Dios será como rocío, refrescante y vivificante. Entonces Israel florecerá como lirio, su gloria será como la del olivo, y perfumará como el Líbano, será vivificado como trigo, florecerá como la vid, su olor será como el vino del Líbano. Entonces Israel podrá abandonar al fin los ídolos que le habían impedido agradar a Dios (ver Os. 4:17).

Luego el Señor pregunta: “¿Quién es sabio para que entienda esto, y prudente para que lo sepa? Porque los caminos de Jehová son rectos, y los justos andarán por ellos; mas los rebeldes caerán en ellos.” Se necesitaría de sabiduría y prudencia de Dios para saber cómo podría ser hecho esto. En los días de Oseas no fue entendido. Sería en un tiempo posterior, después de la ley, tal como lo fue antes de la ley, en días de Abraham.

Llegaría el día en que Jesucristo, el Autor de la gracia y la verdad, se habría de manifestar a Israel, y luego –rechazado por los suyos–, a los gentiles.

El reino de Judá

El reino de Judá conservó siempre (salvo una leve interrupción de seis años) un descendiente de David sobre el trono. Ellos tenían a Jerusalén (la ciudad que el Señor escogió para poner en ella su nombre), el templo, y el sacerdocio; sin embargo, también levantaron altares a dioses ajenos, y profanaron el templo y el sacerdocio con elementos extraños.

A la muerte de Salomón, Roboam heredó el trono. Los primeros tres años de su reinado anduvo en el camino de sus padres, atrayendo a los fieles de otros lugares para una adoración verdadera; sin embargo, una vez consolidado el reino, dejó al Señor y todo el pueblo con él. Mas cuando se humilló, se apartó de él el juicio de Dios para no destruirle como merecían sus pecados (2 Cr. 12:12-13).

Su hijo Abiam (o Abías) reinó apenas 3 años, pero recibió fuerzas de Dios para sostener la verdad de Dios. Y Dios le dio una victoria resonante sobre Jeroboam, porque “clamaron a Jehová” y “se apoyaron en Jehová el Dios de sus padres” (2 Cr. 13).

Josafat dispuso su corazón para buscar a Dios, y Dios le bendijo con riquezas y gloria; sin embargo, él contrajo parentesco con el malvado rey Acab. Sus alianzas con Acab provocaron la ruina de su hijo Joram y de su nieto Ocozías. Sin embargo, Josafat es el rey que presenció uno de los mayores despliegues de la gracia y el poder de Dios.

En sus días, el reino es atacado por los moabitas y los amonitas. Entonces Josafat convoca al pueblo delante del Señor, y hace una oración implorando misericordia. En parte de esa oración dice: “¡Oh Dios nuestro! ¿No los juzgarás tú? Porque en nosotros no hay fuerza contra tan grande multitud que viene contra nosotros; no sabemos qué hacer, y a ti volvemos nuestros ojos” (20:12).

Entonces Dios le envía una profecía diciendo que no temieran “porque no es vuestra la guerra, sino de Dios” (20:15), y agrega: “No habrá para qué peleéis vosotros en este caso; paraos, estad quietos, y ved la salvación de Jehová con vosotros.” Al día siguiente, que era el día de la batalla, el rey puso cantores, vestidos con los ornamentos sagrados, y les dijo: “Glorificad a Jehová, porque su misericordia es para siempre” (20:21). “Y cuando comenzaron a entonar cantos de alabanza, Jehová puso contra los hijos de Amón, de Moab y del monte de Seir, las emboscadas de ellos mismos que venían contra Judá, y se mataron los unos a los otros” (20:22).

La victoria fue resonante, y se obtuvo sin que ni una sola espada del ejército de Josafat entrase en la batalla. Las riquezas obtenidas fueron tales, que “tres días estuvieron recogiendo el botín, porque era mucho.” Esta es una de las victorias más espectaculares de ejército alguno en la Biblia. Y se alcanzó cuando ellos desconfiaron de sí mismos y confiaron en el poder de Dios.

Acaz anduvo en los caminos de los reyes de Israel, hizo imágenes de Baal e hizo pasar a su hijo por el fuego. Subieron sus enemigos, quienes llevaron prisioneros a Damasco e hicieron gran matanza entre sus valientes. Isaías procuró en vano ayudar a Acaz en lo peor de sus crisis, a fin de que confiara en el Señor. No obstante, por la paciencia del Señor, reinó cincuenta y dos años.

Durante el reinado de Ezequías, Judá experimentó un retorno al Señor. Apenas iniciado su reinado, restableció el servicio de los sacerdotes y levitas, y también el servicio de los músicos y cantores. Se celebró la pascua en Jerusalén, y se destruyeron los ídolos por todo el país.

Cuando Senaquerib, rey asirio, invadió Judá con intención de conquistarla, Ezequías se humilló delante de Dios, pidió que el profeta Isaías intercediese, y se preparó para resistir, diciendo al pueblo: “Más hay con nosotros que con él. Con él está el brazo de carne, mas con nosotros está Jehová nuestro Dios para ayudarnos a pelear nuestras batallas” (2 Cr. 32:7-8). El Señor “envió un ángel, el cual destruyó a todo valiente y esforzado, y a los jefes y capitanes en el campamento del rey de Asiria”. Senaquerib se volvió avergonzado a su tierra, donde fue asesinado por sus propios hijos.

El largo reinado de Manasés resume la suerte del reino de Judá, por cuanto probó anticipadamente el cautiverio en Babilonia, después de lo cual, sin embargo, se humilló, y fue restaurado a su trono. Manasés cayó en el extremo de la maldad, porque “hizo extraviarse a Judá y a los moradores de Jerusalén, para hacer más mal que las naciones que Jehová destruyó delante de los hijos de Israel” (2 Cr. 33:9). Además, “derramó mucha sangre inocente en gran manera, hasta llenar a Jerusalén de extremo a extremo” (2 R. 21:16). Pero luego de su cautiverio, derribó los ídolos, restauró el servicio de la casa de Dios y “mandó a Judá que sirviesen a Jehová Dios de Israel” (2 Cr. 33:16). ¡Final misericordioso para uno de los reyes más malvados de Israel!

Las historias de Joacaz, de Joacim y Joaquín y Sedequías es el triste epílogo de una nación infiel. Sin embargo, en estos días, el Señor tuvo misericordia de Daniel y sus amigos, de Jeremías, Ezequías, y del pequeño remanente fiel. Así concluye la historia de los reyes de Judá.

Por boca de Isaías, el Señor hace un recuento de sus misericordias para con Israel, y lamenta su apostasía: “En toda angustia de ellos él fue angustiado, y el ángel de su faz los salvó; en su amor y en su clemencia los redimió, y los trajo, y los levantó todos los días de la antigüedad. Mas ellos fueron rebeldes ...” (63:9-10a).

El cautiverio y el retorno

El cautiverio en Babilonia fue el azote de Dios para su pueblo que por largo tiempo (más de trescientos años) no quiso oír sus palabras. Pero, aun allí, Dios tuvo misericordia de ellos.

Antes del cautiverio, El Señor había dicho: “He aquí que yo los arrancaré de su tierra ... y después que los haya arrancado, volveré y tendré misericordia de ellos, y los haré volver cada uno a su heredad y cada uno a su tierra” (Jer. 12:14-15); ellos reedificarían la ciudad de Jerusalén y el templo (Jer. 30:18), y tendrían días de alegría (Jer. 31:4). Y así fue: Durante los 70 años de cautividad, el Señor “hizo ... que tuviesen de ellos misericordia todos los que los tenían cautivos” (Sal. 106:46). En efecto, Ester llegó a ser reina de Persia. Nehemías fue copero de Artajerjes. Daniel llegó a tener gran autoridad bajo el reinado de todos los reyes en tiempos del cautiverio.

Esdras, en su oración de confesión reconoce que “en nuestra servidumbre no nos ha desamparado nuestro Dios, sino que inclinó sobre nosotros su misericordia delante de los reyes de Persia, para que se nos diese vida para levantar la casa de nuestro Dios y restaurar sus ruinas, y darnos protección en Judá y en Jerusalén” (Esd. 9:9). Nehemías, entretanto, hablando con el Señor, dice: “Por tus muchas misericordias no los consumiste, ni los desamparaste; porque eres Dios clemente y misericordioso” (Neh. 9:31).

Una vez cumplido el tiempo, Dios despierta el espíritu de Daniel para que interceda por su pueblo (Dn. 9). También despierta el espíritu de Ciro, rey de Persia, el de Zorobabel, el de Josué y el de todo el pueblo para que suban a Jerusalén, y reedifiquen la casa de Dios.

Una vez llegados a Judá, ponen los cimientos del templo con gran regocijo, y cantando: “Porque él es bueno, porque para siempre es su misericordia sobre Israel”. Después de perdida la gloria por tantos años, parecía un sueño poder recuperarla. Por eso, “no podía distinguir el pueblo el clamor de los gritos de alegría, de la voz del lloro; porque clamaba el pueblo con gran júbilo, y se oía el ruido hasta de lejos” (3:13).

Sin embargo, los enemigos de Israel se ponen en movimiento y logran detener la obra por unos 15 años. En ese tiempo, muchos se olvidaron de su misión y se dedicaron a construir para sí hermosas casas artesonadas. Pero Dios no se estuvo quieto. Hageo y Zacarías profetizaron “en el nombre del Dios de Israel quien estaba sobre ellos” (Esd. 5:1). Entonces se levantaron Zorobabel y Jesúa y comenzaron a reedificar la casa de Dios.

Los libros de Hageo y Zacarías están llenos de palabras de exhortación y aliento a un pueblo que se desanima con facilidad y que no tiene su corazón enteramente comprometido con el Señor. Pero Él todavía tiene paciencia y extiende su misericordia. El Señor parece no cansarse de su pueblo. “Aún rebosarán mis ciudades con la abundancia del bien, y aún consolará Jehová a Sion, y escogerá todavía a Jerusalén” (Zac. 1:17).

Tras cuatro años y tres meses, la Casa es restaurada. Más tarde, el Señor despierta el espíritu de Nehemías, quien reedifica el muro de Jerusalén.

Luego de algunos años de prosperidad, habrían de venir varias centurias de silencio. Pero la mayor Gloria ya venía, y algunos privilegiados –los pobres en espíritu– estarían esperándole.

4ª Parte

LA ABUNDANCIA DE LA GRACIA: LA GRACIA EN EL NUEVO TESTAMENTO

Uno

LA GRACIA VIVIENTE

¿Cómo encontró el Señor a su pueblo?

Cuando terminamos la lectura del Antiguo Testamento, dejamos al pueblo de Dios en Jerusalén, con la ciudad reedificada, el templo restaurado y el culto en manos de quienes corresponde. Es verdad que Malaquías tiene variadas quejas de parte de Dios para el pueblo, pero siempre hay la esperanza de días mejores, especialmente luego de la cautividad en Babilonia.

Ahora volteamos un par de páginas y nos adentramos en la lectura del Nuevo Testamento. Si miramos, por un momento, la condición del pueblo de Israel, ¿qué hallamos?

Lo primero que encontramos es que gobierna sobre ellos un rey impío –Herodes–, que no es israelita. En seguida hallamos el cumplimiento de la profecía de Isaías, sobre Galilea: un pueblo “asentado en tinieblas”, una región sumida en las “sombras de la muerte” (Mt. 4:16). ¡Triste condición! Pero no sólo Galilea estaba en tinieblas. Dice Juan que las tinieblas llenaban la tierra (1:5).

Había dicho Isaías también que el Señor Jesucristo no quebraría la caña cascada, y no apagaría el pábilo que humea (Mt. 12:20). ¿Qué significaba eso? Significaba que las gentes que el Señor halló eran como una “caña cascada” y como un “pábilo que humea”. Una “caña cascada” es una pajita enclenque, quebradiza. Por su parte, el “pábilo” es la mecha de la vela. El pábilo que humea es el que está a punto de quemarse. Ya no tiene llama, y su fin es inminente.

El pueblo de Israel estaba en la máxima debilidad. Tanto en lo social como –principalmente– en su devoción al Señor. Los arrestos libertadores de los Macabeos un par de siglos atrás eran un glorioso pero inútil recuerdo. El Mesías prometido se tardaba más de lo esperado. El culto se había tornado en mero formalismo, y los fariseos y saduceos habían ocupado con sus doctrinas acomodaticias los espacios que debía ocupar una sana piedad.

Pero eso no es todo. Isaías había dicho también: “El Espíritu del Señor ... me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres; me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón; a pregonar libertad a los cautivos, y vista a los ciegos; a poner en libertad a los oprimidos ....” Como sabemos, un día el Señor va a Nazaret y lee en la sinagoga este pasaje, diciendo: “Hoy se ha cumplido esta Escritura delante de vosotros” (Lc. 4:18-21). Esto significaba que el Mesías había llegado, cumpliendo así las profecías; pero no sólo eso, sino que también se cumplía la contraparte, es decir, la condición del pueblo al cual el Mesías venía: estaban ahí los pobres, los quebrantados de corazón, los cautivos, los ciegos y los oprimidos. Y sabemos que esto no es pobreza material, ni cautiverio político, ni opresión social. Estas palabras retratan la condición espiritual de Israel.

Por eso, cuando vemos al Señor Jesús relacionarse con la gente, notamos que se llenó de compasión por ellos. “Compasión” (“splagchnizesthai”), en griego, denota un sentimiento profundo en que las entrañas se conmueven. “Y al ver las multitudes, tuvo compasión de ellas, porque estaban desamparadas y dispersas como ovejas que no tienen pastor” (Mt. 9:36), “y sanó a los que de ellos estaban enfermos” (Mt. 14:14). Cuando dos ciegos gritaron al Señor pidiendo misericordia, Él “compadecido, les tocó los ojos, y en seguida recibieron la vista” (Mt. 20:34). En Naín, cuando vio a la viuda que iba a enterrar a su unigénito muerto, “se compadeció de ella”, y resucitó a su hijo (Lc. 7:13-15).

La condición de hoy no es diferente de la del Israel de aquel tiempo. Basta con echar una pequeña mirada alrededor para darse cuenta de la extrema necesidad que padecen los hombres. Hoy también muchos están paralíticos: no pueden caminar hacia Dios; muchos están leprosos: el pecado ha envenenado su alma; muchos están mudos: no tienen voz para hablarle a Dios; muchos hay sordos: ellos no pueden oír la palabra de Dios. Todos los enfermos que el Señor sanó nos dan una radiografía de la condición espiritual de nuestra generación. Todavía ellos son esclavos del pecado (Jn. 8:34); están destituidos de la gloria de Dios (Rom. 3:23), y expuestos a la condenación eterna (Heb. 10:27). Sin embargo, el Señor los quiere salvar. En estas circunstancias, el corazón de los hijos de Dios ha de estar lleno de amor y misericordia hacia los pecadores.

Era tanta la compasión que el Señor sintió por la gente, y tanta urgencia por ayudarles, que Él preparó y envió a los apóstoles, y después a otros setenta de sus discípulos con ese fin (Mt. 10:7-8). El Señor dijo “El Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido” (Lc. 19:10). “Perdidos” es, exactamente, la condición en que nos encontró el Señor.

Lleno de gracia

Juan dice del Señor Jesús: “Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad” (Jn. 1:14). La gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo (mejor, “fueron hechas” por Jesucristo). Primero está la gracia, luego la verdad. Dios nos ama, y en su amor, nos levanta, nos redime por la sangre de su Hijo. Entonces, recibimos luz para ver a Aquel que es la Verdad. Y al ver la Verdad vemos también nuestra verdad, es decir, nuestra destitución, nuestra extrema precariedad, y nuestra necesidad de un Salvador. Pero ahora, en Cristo, somos bendecidos de tal manera que la gracia abunda sobre todas ellas.

La gracia de Dios se manifestó en Jesús de dos maneras: en sus palabras y en sus obras.

Sus palabras de gracia

Los hijos de Coré, inspirados por el Espíritu Santo, dijeron del Señor Jesús, varios siglos antes de su nacimiento: “Eres el más hermoso de los hijos de los hombres; la gracia se derramó en tus labios” (Sal. 45:2). Lucas da testimonio de lo mismo, diciendo: “Y todos ... estaban maravillados de las palabras de gracia que salían de su boca” (4:22). Tanto era así, que las multitudes acudían de todos los lugares, y, oyéndole, se olvidaban incluso de comer. ¿Cuál fue su palabra? La palabra “gracia” no está ninguna vez en sus labios, sin embargo, sus palabras rezumaban la más pura gracia de Dios.

El Señor trajo el evangelio (que es “buena noticia”); aún más, Él mismo es el evangelio, la buena noticia de Dios. Es la buena noticia de salvación, que comienza, en sus labios, con las palabras: “Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado” (Mt. 4:17). El reino de Dios se ha puesto al alcance de todo hombre. No de los judíos solamente, sino de todo hombre; no de los sacerdotes o levitas solamente, sino de todo hombre. Para cogerlo, no será necesario ni subir al cielo, ni descender al abismo, porque está muy cerca: “Cerca de ti está la palabra, en tu boca y en tu corazón ... si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo” (Rom. 10: 8-9).

La Escritura dice: “Cercano está el Señor a todos los que le invocan, a todos los que le invocan de veras” (Sal. 145:18), y, “porque todo aquel que invocare el nombre del Señor será salvo” (Rom. 10:13). Todos los que llaman o acuden al Señor, son salvos. El Espíritu Santo ha sido derramado sobre toda la humanidad y está cerca del pecador cuando le invoca. En cuanto haya un clamor del corazón hacia Dios, el Espíritu entrará y realizará su obra de convicción, arrepentimiento y fe, es decir, el milagro del nuevo nacimiento.

Este evangelio trastrocó todos los parámetros del pensamiento humano. Porque demostró que los pensamientos y caminos de Dios son más altos que los pensamientos y caminos de los hombres. Declara bienaventurados a los que, en la sociedad, son despreciados: los menesterosos, los débiles, los sufrientes, los que lloran. Restó toda importancia a las riquezas (“el Hijo del Hombre no tiene dónde recostar su cabeza”), y a todo lo que el hombre tiene por sublime, para centrar, en cambio, la atención en el corazón del hombre.

Enseñó con su vida que el amor es la forma de ser de Dios, y que también ha de ser la forma de ser de los que le siguen. El amor fue mucho más que palabras en su boca.

Su palabra era suave y delicada. “No contenderá, ni voceará, ni nadie oirá en las calles su voz.” (Mt. 12:19). De sus labios amorosos, la mujer pecadora escuchó palabra de perdón, la viuda doliente escuchó palabras de consuelo, la mujer samaritana escuchó palabras de salvación. ¿Cuántos oyeron estas hermosas palabras: “Tus pecados te son perdonados”, o “Tu fe te ha salvado”? ¿Cuántos que pidieron sanidad escucharon de sus labios el “Quiero” que los sanaba?

Su atención estaba centrada en los pequeños, de los cuales los niños eran un ejemplo. Enseñó que el mejor es el que sirve, y que el más pequeño es verdaderamente grande; que a los pequeños no se les debe hacer tropezar, que si se alejan, hay que recuperarlos, que si ofenden, hay que perdonarlos, que si se acercan, hay que recibirlos.

Sacó a luz las hipocresías de los seudo religiosos, que se complacían en el formalismo, pero que habían dejado de lado la justicia y el amor. Dijo, citando al profeta: “Misericordia quiero, y no sacrificio”, y: “Este pueblo de labios me honra, mas su corazón está lejos de mí.” Los sacrificios pueden transformarse en un ritual externo, vacío de toda piedad; en cambio, la compasión toca a lo profundo del corazón. Los labios pueden perfectamente decir lo que el corazón no siente.

Enseñó, además, que el juicio debe estar en manos de Dios, quien es el único capaz de hacer un juicio justo, y que la misericordia triunfa sobre el juicio. Dijo que son declarados justos por Dios, no los que juzgan a otros, sino los que se juzgan a sí mismos.

Luego, en la cruz, en el máximo de su debilidad, tuvo palabras de salvación y de perdón: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.” El malhechor le oyó decir: “De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso”.

Sus obras de gracia

La gracia de Dios se desplegó, abundante, en la persona del Señor, y en sus hechos magníficos. Su caminar en la tierra fue el cumplimiento de su propia palabra: “Más bienaventurado es dar que recibir” (Hch. 20:35). Sus detractores le acusaban de ser “amigo de publicanos y pecadores” (Mt. 11:19). Pero esto, que ellos proferían como una ofensa, era, en verdad, una maravilloso rasgo de su carácter. Él vino a ponerse al alcance de los pecadores.

Así fue con los judíos, y también con los gentiles. El Señor dijo: “Al que a mí viene, no le echo fuera” (Jn. 6:37b). Pero aún más, el mismo Señor fue al encuentro de las personas. Fue así con la mujer encorvada (Lc. 13:12), el paralítico de Betesda (Jn. 5:6); con la mujer samaritana (Jn. 4:6-42).

Los que venían a Él podían venir tal como eran, incluso, dudando. Así fue con el padre del niño enfermo, a quien el Señor le dijo: “Si puedes creer, al que cree todo lo es posible”. Entonces, “el padre del muchacho, clamando, dijo con lágrimas: ¡Creo, Señor; ayuda mi incredulidad!” (Mr. 9:23-24, VM). Él nunca rechazó a aquellos que se acercaron a Él, aunque vinieran con una fe prestada (Mr. 2:5).

Uno de los dos ladrones, en el Calvario, tuvo un pequeño deseo sincero, se lo dijo al Señor y fue salvo. El publicano era también un hombre deshonesto, pero con sinceridad reconoció su pecado y obtuvo del Señor misericordia para ser declarado justo. El Señor no exige ni siquiera la fe de los pecadores para salvarlos (exigir tal cosa sería poner una valla imposible de saltar). Basta un corazón sincero.

Era tanta la gracia que desplegaba el Señor, que la gente era sanada con sólo tocar el borde de su manto. Así ocurrió con la mujer enferma de flujo de sangre (Mt. 9:20-22), y con una multitud en Genesaret (Mt. 14:36). Basta que un pecador toque “el borde de su manto” y es salvo. Basta entrar en contacto con Él, con su persona. No importa no saber teología, ni la Biblia, ni saber orar. ¡Oh, sólo importa tocarle a Él, y ya el pecador es salvo!. Por tocarle, cuantos tenían plagas caían sobre él, para que se cumpliesen las palabras del profeta: “Él mismo tomó nuestras enfermedades, y llevó nuestras dolencias.”

La hez de la sociedad fue favorecida por su poder: los leprosos, los endemoniados de Gadara, los ciegos de junto al camino. Los afligidos por largas y penosas enfermedades: la mujer con flujo de sangre, el hombre de la mano seca, el muchacho lunático. ¡Cuánto amor derramado! ¡Cuánta gracia! ¡Oh, amoroso y bendito Señor!

Pero, ¿qué diremos de la más grande de sus obras, sin la cual las demás no hubiesen bastado para redimir a los hombres y sacarlos de la condenación? ¡Su muerte en la cruz, el justo por los injustos para llevarnos a Dios! ¡Su muerte para reconciliarnos con Dios, y –aún más– para reconciliar todas las cosas con Dios! Es esta una obra de tan vastos alcances que en la presente era no estamos en condiciones de percibirla cabalmente.

Luego, su resurrección gloriosa y su gracia al incluirnos a nosotros en ella; su victoria sobre la muerte, que es la base de todas nuestras victorias presentes y futuras. ¡Oh amor dulce, oh vindicación plena de la raza humana, de su caída edénica, de su postración milenaria!

Dos

LA GRACIA EXPLICADA

La obra realizada por el Señor Jesús en su ministerio terrenal tiene alcances que trascienden lo realizado públicamente, y que los evangelios no refieren. En los evangelios vemos al Señor moverse entre los hombres, realizando obras de gracia y hablando palabras de gracia. Sin embargo, allí está aún como escondida la obra más trascendente de Cristo.

Esta obra tiene relación tanto con lo ocurrido antes del tiempo en los lugares celestiales, como con lo ocurrido en el tiempo, con la encarnación del Hijo de Dios, el significado y alcances de su muerte, el significado y alcances de su resurrección y el significado y alcances de su entronización a la diestra del Padre, su venida y su reino; y, finalmente, tiene relación con lo que ocurrirá después del tiempo, es decir, los eventos referidos a la eternidad futura.

Para revelar este misterio que estaba aún oculto, Dios se escogió a ciertos hombres –los apóstoles y profetas– y en especial a uno: Pablo. De ello nos hablan el libro de los Hechos, las epístolas y el Apocalipsis.

La elección y el llamamiento

Romanos 8:30 resume la secuencia de la obra de Dios a favor nuestro en Cristo: “Y a los que predestinó, a éstos también llamó; y a los que llamó, a éstos también justificó; y a los que justificó, a éstos también glorificó.” Los dos primeros son anteriores al tiempo, los otros dos, en el tiempo. Sus consecuencias, sin embargo, trascienden el tiempo.

La sabiduría de Dios nos lleva, en Efesios, a lo que fue nuestra predestinación. Allí, en los lugares celestiales, y en ese tiempo auroral, Dios nos escogió en Cristo, es decir, nos predestinó, para “alabanza de la gloria de su gracia”. Tiempos misteriosos aún para nosotros, en los cuales ya estábamos en el corazón de Dios.

Luego, nos conduce a 1ª Timoteo para mostrarnos nuestro llamamiento. Allí en los lugares celestiales y “antes de los tiempos de los siglos”, “nos llamó con llamamiento santo, no conforme a nuestras obras, sino según el propósito suyo y la gracia que nos fue dada en Cristo Jesús” (2ª Tim. 1:9).

De modo que antes de Génesis 1 ya nuestros nombres estaban inscritos en el libro de la vida (Ap. 17:8), escogidos y llamados. Veamos lo que viene en seguida.

¿Cómo se justificará el hombre para con Dios?

Job, en la antig