Desespero, impotencia y la íntima sensación de que si no actuaban pronto, ese problema iba a prolongarse por muchos años más. Esta confusión de emociones embargaban al padre. Junto a él, dando alaridos estremecedores, su hijo. El no entendía muy bien de estos asuntos, pero le dijeron: “El chico está endemoniado”. Y lo único que le interesaba en ese momento era que su hijo fuera libre.
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Diez y treinta de la noche. Es martes. Un apacible silencio alrededor, apenas roto por el tip, tip, tip del teclado. La luz tenue de la pantalla del computador y un documento nuevo, incluso sin guardar con un nombre específico, en el que aparece simplemente una frase: ¿Qué se puede hacer en un minuto?
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Decir adiós no es fácil. Se nos forma un nudo en la garganta, se siente que las lágrimas están a punto de brotar y una sensación indescriptible de incertidumbre nos nubla el pensamiento. Si el que se va no vuelve ¿Qué nos queda? ¿Por qué no aprovechamos esos tiempos de amistad?...Y esas diferencias de opinión que no faltan ¿Pudieron evitarse? Seguro que sí...
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Las estrellas brillan con mayor intensidad y hermosura cuando nos encontramos en alta mar. Sus destellos se pierden en el infinito y arrobado por su belleza, quien vive esa experiencia es posible que sin pensarlo se encuentre a si mismo contando cada uno de los luceros hasta que los números no alcanzan. A veces parecen tan cercanos que ofrecen la sensación de que bastaría con extender las manos para alcanzarlos.
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A Elpidio Córdoba lo vi por primera vez caminando bajo el inclemente sol del atardecer, en Vijes, el pintoresco y humilde pueblecito donde nací. Su hijo adolescente caminaba junto a él llevando sobre sus hombros un viejo parlante. Predicaba a todo pulmón sobre el poder transformador de Jesucristo. Lo seguí con la mirada hasta que se perdió en el horizonte de la calle polvorienta. Sudaba a raudales, pero proseguía: “Jesucristo es el camino, la verdad y la vida...”
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La veía todas las mañanas barriendo el antejardín de su casa. Era alegre y muy amable. Con apenas setenta años de edad, reflejaba ganas de vivir. Se llamaba Mary y jamás pase de un corto saludo: “Buenos días” o “Buenas tardes”. Alguna vez pensé hablarle sobre la obra redentora de Jesucristo, pero inmediatamente reflexioné (admito, de manera egoísta): “En otra ocasión será”. Y nunca llegó esa ocasión...porque Mary hospitalizada repentinamente.
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